Jugando al error

Desde el momento de nuestro nacimiento empieza el juego, todo parece definirse como prueba y error, simplificando el aprendizaje a dos palabras que no abarcan todas las experiencias necesarias para alcanzar ese “algo” que nadie entiende de verdad. Los años transcurren y a veces se necesitan muchos errores, más de los que cualquiera desearía para lograr avanzar. Hoy me pregunto por qué.

En un texto anterior hacía referencia a las palabras de una amiga que mencionaba nuestra necesidad de que todo luzca perfecto a la vista de los demás, intentando así que nuestra vida se considere natural cuando muchas veces no lo es. Con esa pequeña reflexión personal y, en modo introspectivo, empiezo a cuestionar nuestro miedo al error.

Un ejemplo sencillo viene a mi cabeza, pensemos en los primeros pasos que da un bebé. Cae, cae mil veces, lo hace con torpeza, llora, tiene miedo. Los años pasan y lo único que se recuerda es la fecha en la que dio por completo sus primeros pasos sin ninguna ayuda. En este momento pienso en mis sobrinos y me resulta inevitable sonreír con el recuerdo, es todo lo que mi corazón ha decidido guardar.

El tiempo sigue su curso y los errores no merman, las dificultades que presenta la vida parecen acrecentarse y, también con ella, la memoria que nos recuerda todos los fallos previos. El condicionamiento selectivo de nuestros recuerdos nos detiene, nos prohíbe avanzar como cuando éramos niños. La diferencia radica en ello.

La posibilidad de mejorar nuestras capacidades, comportamientos, habilidades o lo que usted desee depende de su facilidad para olvidar el error. Vamos, no me quiero confundir con ello, los errores sirven para aprender, así de sencillo, pero una vez superado el obstáculo, hay que dejarlos marchar, es un peso que nos ayudó en su momento, pero de nada sirve cargarlo durante el camino que nos resta porque seguramente deberemos lidiar con otros.

Hace un par de días le dije a una buena amiga “tranquila, todos nos hemos enamorado de la piedra”. ¿Quién no ha cometido el mismo error en reiteradas ocasiones? Ella me respondió diciéndome que era consciente de ello, pero que no podía avanzar, entonces yo recurrí a una frase cutre pero real: “la vida es tan buena maestra que, si no aprendes la lección, te la repite.” Después de eso nos reímos por mi falta de asertividad con frases más elaboradas.

Hoy pienso mucho en mis errores, los tengo en la palma de mi mano enumerándolos… Miento. No entrarían todos en la palma de mi mano si no hubiese aprendido de ellos y los hubiese soltado en su momento. Por supuesto, hay otros tantos que no los dejo ir porque aún no me han enseñado o porque me he enamorado de ellos. Todavía estoy aprendiendo.

En fin, hemos venido errando desde nuestras primeras palabras y vamos a errar hasta el último suspiro, creo que en eso se resume la vida: “De la cuna a la tumba, es una escuela, lo que llamas problemas son lecciones y la vida es dinámica, está en constante movimiento.”

P.D.: Apunto a un nuevo formato en mis textos, más palabras propias y menos extensión. El cambio es nuestra única constante.

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