Mataron a los niños

8 de mayo de 1945. El capítulo europeo de la segunda guerra mundial llega a su fin. Si preguntamos a la estadística, nos enseña que más de un millón y medio de niños fueros asesinados.

Días atrás miraba una película ambientada durante los años en que transcurría la segunda guerra mundial. La protagonista en determinado momento gritaba: “los niños, están matando a los niños”. Su rostro retrataba perfectamente el dolor de un acto tan atroz, carente de sentido. Necesité poner pausa a la película y pensar seriamente en ello. Han pasado setenta y cuatro años de aquel suceso y el dolor parece haber desaparecido por completo de nosotros, ¿por qué?

«El peor pecado hacia nuestros semejantes no es odiarlos, sino tratarlos con indiferencia: esa es la esencia de la inhumanidad».

George Bernard Shaw

El constante aumento de la burguesía en mi ciudad es indiferente para mí. Hoy lo puedo decir yo, sin embargo, hace muchos años atrás esas palabras las mencionaba Freud y no eran sinónimo de conflicto. Mucho antes también se vanaglorió de su indiferencia el mismo Sócrates y estoy seguro que en este lapso de tiempo tan amplio han existido muchas otras muestras de indiferencia muy aceptables, sobre todo cuando se las aprecia desde el ámbito filosófico. Hoy el mundo no es el mismo en el que caminaba Sócrates; los conflictos sociales son el pan nuestro de cada día y la indiferencia se ha convertido en nuestra principal arma de defensa frente a los asuntos con los que no nos queremos magullar el corazón.

Indiferencia: ‘estado de ánimo en el que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado; no hay ni preferencia, ni elección’. El camino de nuestra desolación empieza en esta palabra tan cruel. Así vamos, indiferentes ante la vida. Desearía creer que esto es un suceso aislado de nuestros tiempos, sin embargo, la información que percibimos a diario nos demuestra lo contrario. Asesinatos, violaciones, destrucción, robos, corrupción, venganzas… la lista es interminable. Y entre todas esas palabras cargadas de desesperanza nos encontramos con una que nos debería causar mayor sensibilidad: los niñ@s.

  • En los tres primeros meses de 2019 se registraron en México 285 homicidios dolosos contra menores de edad. Más de tres muertes por día.
  • Desde el año 2006 hasta la actualidad se han registrado unas 16.759 muertes por homicidio de menores de edad en México.
  • Unicef alertó que 1,106 niños murieron durante los combates en Siria en 2018, el año más mortífero para los infantes desde que se inició la guerra hace casi nueve años.
  • En Afganistán en los nueve primeros meses de 2018 murieron o resultaron mutilados unos 5.000 niños, ellos constituyen el 89% de las víctimas civiles de los restos de explosivos de guerra.
  • En la República Democrática del Congo se calcula que 4,2 millones de niños corren el riesgo de sufrir desnutrición aguda grave. Las violaciones de los derechos de los niños han agravado la situación, entre ellas el reclutamiento forzado por grupos armados y los abusos sexuales.
  • En Somalia durante los primeros nueve meses del año 2018 más de 1.800 niños fueron reclutados por las partes en el conflicto y 1.278 fueron secuestrados.
  • Los niños son las víctimas principales de la trata de personas, con alrededor del 28 por ciento en el mundo, pero en sitios como África Subsahariana, Centroamérica y el Caribe puede alcanzar cifras alarmantes de 64 y 62 por ciento, respectivamente.
  • Se estima que alrededor de 400 millones de menores en todo el mundo son esclavos.
  • Se calcula que hasta 1000 millones de niños de entre 2 y 17 años en todo el mundo fueron víctimas de abusos físicos, sexuales, emocionales o de abandono en el último año (2018).

Tiempo atrás leía una novela de Ken Follett titulada El invierno del mundo. Una frase encontrada en ella marcó mi corazón: “Que extraño parecía que en un mundo donde era posible asesinar a niños, alguien se preocupase por los cirios.” Esto fue mencionado por uno de los personajes cuando ingresa en una iglesia durante la guerra y observa que los cirios permanecían encendidos.

Al punto. Dicha frase me mantiene alerta el día de hoy. Los datos presentados no son producto de mi imaginación, es nuestra realidad. Por más esfuerzo que realizo diariamente para entender nuestra sociedad, no logro concebir plenamente qué estamos haciendo tan mal como para: 1. Matar a los niños, 2. No preocuparnos por sus muertes.

La indolencia social se presenta en algunas comunidades producto de un fatalismo provocado por la desesperanza y por no poder cambiar el trágico entorno donde habitan, ni poder ‘salir de abajo’ aunque se hagan esfuerzos notables en el trabajo. La obligada resignación y una aceptación forzada de la ruinosa realidad, produciría en algunos la indolencia y una actitud de poca o ninguna solidaridad. En este caso, nos referimos a la indolencia social que encontramos en ciertos niveles desposeídos de la sociedad. En casos individuales, sin importar el nivel socioeconómico, el indolente es una persona egoísta por naturaleza, generalmente inescrupulosa, superficial. No reacciona ante calamidades y tragedias. También tropezamos con los indolentes pasivos que se concentran en su propia existencia, ocupados en lograr sus objetivos sin ver para los lados, aunque algunos sean arribistas y perjudiquen a otros para ellos subir o ascender”.

Pretender cambiar el mundo es tan utópico que las personas han optado por pasarlo tan bien como puedan, obviando mediante la indolencia lo que sucede a su alrededor. Hemos aprendido a conformarnos con lo que facilita nuestra existencia o también ponemos en manos de algún dios las crueles razones que acaban con la vida de los niños. No he de justificar bajo ningún concepto el uso de violencia para alcanzar nuestras metas, sin embargo, si somos conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor, podríamos darnos cuenta que la violencia nos ha alcanzado incluso antes de nuestro nacimiento… digamos que está en nuestra naturaleza.

Y entre todo este pesimismo que me consume cuando tecleo estas palabras, no dejo de pensar en que en algún lugar existe una solución viable para finalizar con este absurdo comportamiento humano que tiene entre sus principales víctimas a niñ@s que carecen de culpa alguna.

Hoy no hay receta mágica para solucionar los problemas, tampoco conozco si viviré lo suficiente como para que nuestros comportamientos dejen de obedecer a instintos tan bajos que no alejan por completo del humanismo. Los niños de los datos pueden ser mis sobrinos, tus hijos o sus nietos…y no, jamás permitiría que les pase algo a ellos, imagino que ustedes tampoco. Entonces, ¿no es el momento adecuado para evitar que esto les pase a otros?, ¿no es momento de sentir empatía con el dolor?

Si nada en el mundo nos motiva a dejar de pensar en nosotros y en nuestra plana existencia comercial, hagámoslo por los niños, por los que vendrán y por los que ya no están. Y si eso aún no es suficiente, anímese y cierre los ojos. Mírese usted con siete años, visualícese sin temor. Ahí donde se encuentre, ahí mire esa sonrisa que tuvo o que tal vez se le escapó, no importa la situación. Hágalo por ese niño, por el que aún está en usted y quiere renacer.

No sé de tiempos de vida, ni de destinos al azar. Apuesto por una conciencia colectiva, por un futuro que juntos podamos elaborar… tal vez, tal vez solo así los niños sobrevivirán.

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