Particularmente imprecisos

Mis ojos estaban fijos en las estrellas. A los siete años me causaban admiración, igual a los ocho, a los quince y sí, también a los veintisiete. Cuando aún era un niño tan solo podía pensar que, en algún lugar de toda la inmensidad de nuestro universo, existiría otro niño viendo las mismas estrellas que yo, especulando con ideas similares a las mías. Al día de hoy esa misma reflexión no abandona mi cabeza, no tengo una prueba fehaciente que valide mi imaginación, sin embargo, tampoco poseo dudas que me arrebaten el soñar con esa posibilidad.

Cuando decidí darles vida a estas palabras era media noche; miraba las estrellas. Lejos de la luz artificial, el cielo nos pinta espectáculos que no dejan de asombrar. Suspiré por un momento y luego me convencí que debía escribir sobre la inmensidad de lo que no conocemos. ¿Por qué? Simple. Porque a pesar de lo asombrosa que puede resultar nuestra vida, porque a pesar de que toda nuestra existencia sea una especie de suerte, nos estancamos en lo más sencillo.

Ejemplos absurdos. Días atrás una noticia llamó mi atención, estaba al alcance de la mano y opté por leerla debido al titular, lo copio para que se sorprenda por cuenta propia: Influencer vendió el agua con la que se baña. Creía que esto no podía ser tan malo, después de todo, confío en la inteligencia del ser humano como para no apoyar este tipo de excentricidades…pero me equivoco. En pocas horas se agotaron los frascos de agua que se vendían por un valor de treinta dólares cada uno.

Otro más absurdo. Creo que es bastante sencillo darnos cuenta del poder que tienen los medios de comunicación. Plantean una situación aparentemente sencilla y nosotros caemos en la red sin más. Esto sucedió con el caso de Chernóbil, la serie de HBO que retrata uno de los mayores desastres nucleares del planeta. Un documental de NatGeo hace algunos años contaba la historia mucho mejor que una serie un tanto hollywoodense y nadie le prestó la misma atención. Es curioso.

La crítica la aclamó y está muy bien, mientras se pueda aprender algo, los métodos utilizados pasan a ser cuestionables (no siempre aceptables). En otra oportunidad desgranaré ese asunto por completo y también el de las producciones cinematográficas. Ahora al pupo del asunto. Gracias a esta popularidad en torno a Chernóbil, mucho influencers han tenido la brillante idea de hacer sesiones de fotos en un sitio que exige un mínimo de seguridades para precautelar la salud. Pero son influencers. Un amigo me dijo: Deja que la selección natural se encargue. Me reí mucho, pero no está bien, no creo…

La ondilla de los influencers no es el punto principal del asunto, pero me dan una idea. Sus decisiones son siempre cuestionables, absurdas. En su gran mayoría atentan contra la seguridad, los buenos modales, el progreso, etc. Mientras más irracional sea su comportamiento más atención reciben. Se los admira, se los aplaude y, sobre todo, se les obsequia -sin darnos cuenta- nuestra posesión más preciada. Me refiero al tiempo.

Yo sé, todo esto parece distanciarse de las estrellas. El universo es algo que me causa gran curiosidad, las posibilidades que existen más allá de nuestra comprensión ocupan gran parte de mi tiempo. Sin embargo, entiendo poco o… mejor dicho, nada de él. Ejemplificar es un ejercicio que me facilita el aprendizaje, así que comparto este que me pareció tan particular:

El universo tiene 13 800 millones de años. El Sol nació 9 300 millones de años después. Para entenderlo mejor: si el Universo se hubiese creado el 1 de enero a las 00:00, el Sol no apareció hasta el 31 de agosto. Y en este calendario la vida no apareció en la Tierra hasta el 21 de septiembre, hace 3 500 millones de años. Los primeros bosques, los dinosaurios, los pájaros y los insectos evolucionaron todos durante la última semana de diciembre. La primera flor de la historia, siempre según este calendario, habría aparecido en algún momento del 28 de diciembre. El 30 de diciembre, a las 6:24 de la mañana se extinguieron los dinosaurios. Toda la historia de la humanidad se habría desarrollado en los 14 últimos segundos del 31 de diciembre.

En resumen, nuestra propia existencia en comparación con el universo durará menos tiempo del que nos toma chasquear nuestros dedos. Esto podría parecer bastante deprimente, o no. Hay dos particularidades que podemos obtener de esta tan sensata situación. La primera de ellas es que no somos el centro del universo, lo siento, pero es verdad. Otro ejemplo. Pedrito está preocupado por ser notorio en el mundo, sueña con ser influencer y quiere ir a Chernóbil por una sesión de fotos. Los sueños más grandes de él están relacionados con la aceptación proveniente de cualquier otro. A Pedrito se le agota el tiempo de su chasquido y no se ha enterado.

Ahora bien, Pedrito podría gastarse su chasquido sin creer que los likes giran solo para él. Tiene la facultad para hacer de su existencia algo mucho más que una aprobación egocéntrica de lo considerado correcto por los canales conductuales hoy establecidos.

No es general, lo sé, pero tenemos libertad suficiente como para determinar por donde se conduce nuestra vida. Somos seres sociales en busca de aprobación. La supervivencia se ha transformado; dejó de ser natural para convertirse en un instinto social de fácil fabricación. Se valida a Pedrito o Juanita por la capacidad de llegar a las masas, no exactamente por lo que pesa su corazón.

Dos preguntas, ¿qué están haciendo ell@s? ¿Qué estamos haciendo nosotr@s?

Acabando con el planeta, aplaudiendo lo vulgar, festejando lo básico y repudiando lo esencial. Son muchas otras cosas las que nos definen en la historia del universo, pero hoy me animo a decir que somos particularmente imprecisos. El aporte que estamos dejando en este momento resultará vulgar para los libros de historia que leerán los marcianitos después de dos mil años.

La mediocridad y el éxito siempre se miden bajo parámetros sociales triunfalistas. Un cajero de McDonalds no es tan respetado como un Médico. No está bien, el cajero en su puesto puede ser mucho más feliz y exitoso que el Médico reconocido por la sociedad. Lo que intento dejar claro con este ejemplo es que, al igual que el universo, cada ser humano es especialmente indescriptible y se encuentra en continua expansión hasta el día de su enfriamiento (existe la teoría que el universo mientras continua con su expansión se enfría paulatinamente).

No hay reglas que nos gobiernen, no hay moral que logre establecer unos mínimos de respeto. Si yo me niego a creer en las habilidades de un influencer que pronuncia patanerías seguramente habrá alguien que lo defienda a él y menosprecie mi punto de vista. Respeto esas posiciones a pesar de no compartirlas.

Las estrellas. Podemos mirarlas, podemos alcanzarlas, podemos creer que en otro lugar se está desarrollando una batalla intergaláctica. También podríamos pensar que otras especies no nos visitan porque lo único que logran ver en nuestro planeta son un montón de dinosaurios que no parecen amigables. En fin, es mi ignorancia la que me prohíbe descartar esas posibilidades, no puedo negarlo, el universo es sorprendente.

No estamos viviendo nuestro mejor momento, no es un mundo ideal. Las estadísticas nos dicen que el tiempo de vida en el planeta se atemoriza con nuestro estilo de vida, el reloj marca el final y, a pesar de todos los pronósticos negativos… no dejo de confiar.

Nosotros. Una palabra con futuro. Yo. Una palabra egoísta. Si nosotros decidimos qué valorar nos olvidaremos prontamente del ‘Yo’ que solo piensa en triunfar. Desconozco lo que existe más allá de las estrellas y no sé si algún día encontraré respuesta. Mientras tanto solo deseo que la historia que nosotros escribimos sea más interesante que aplaudir a un influencer por freír un huevo por primera vez. Decidamos.

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