Todo lo que somos

“Soy mi dolor, soy mi condena. Soy el veneno de mis venas. Soy mi remedio, soy mi cura, la enfermedad es mi cordura.”

Gustavo Cordera

Di mil vueltas antes de tomar una decisión sobre qué escribir. Nada nunca parece ser suficientemente bueno como para cumplir los ideales. Y de repente… me encuentro con las palabras que dan inicio a este texto y una verdad parece dibujarse ampliamente en mi cabeza. Voy por ello.

Gustavo Cordera. Músico argentino, exintegrante de la agrupación Bersuit Vergarabat. Sobre él se han dicho muchas cosas y otras tantas las ha demostrado con soltura, no es un gran ejemplo sobre el cual escribir, sin embargo, debo confesar que a pesar de sus largos años de carrera y sus constantes derrotas ha logrado mantener algo que escasea en las sociedades actuales: la identidad.

Hoy distancio la creación del artista. El “loco” Cordera sabe componer.

“Soy mi propio enemigo y me importa la derrota.” Otras palabras de las muchas que voy a calcar el día de hoy. Pienso en esto detenidamente y en los recuerdos asoman miles de conversaciones, muchas de ellas, haciendo referencia directa a las palabras de Cordera. Las falencias del siglo XXI transitan directamente por la vía de la aceptación. Los caminos que tomamos en infinidad de ocasiones desembocan en un futuro simpático, adecuado para los sueños que se trazan las sociedades funcionales…pero a veces no ocurre así, a veces, en un momento de auténtica confidencia con algún conocido o, incluso peor, con la propia conciencia, las verdades disminuyen y la derrota proveniente de una victoria forzada tiene mal sabor. ¿Quién es el enemigo? La persona que se posa frente al espejo y que sonríe diciendo que aquello es lo correcto.

Por dentro soy vulnerable, por fuera autosuficiente”. Esto lo conversé con una gran amiga hace un par de meses. En esos días malos que a veces tenemos, ella cuestionaba el porqué de nuestra necesidad de mostrarnos siempre felices, siempre perfectos. Culpaba a las redes sociales de maquillar nuestra vida para hacernos sentir un poquito menos miserables… es cierto. Conversamos sobre la autenticidad y sobre como deberíamos mostrarnos más simples en todo lo que converge hacia nosotros, una promesa que me prometo cumplir cada vez que escribo. Lo que mis palabras expresan, más allá de cómo puedan interpretarse, es el reflejo de mi miedo hacia la sociedad en la que nos desenvolvemos diariamente. Todavía no logro expresar esto con la fortaleza que quisiera, sin embargo, algo que repito constantemente a los míos es: somos más que esto. Interprétese.

Estoy enfermo de humanidad, bebiendo luz de la oscuridad”. Por eso amo la música, las composiciones; una simple frase puede transportarte a lugares que creías perdidos. Caminaba por la calle hace quizá unos doce años; estudiante de colegio, con las monedas justas para el pasaje de bus. Se me acerca un sujeto de edad avanzada y me pide que lo ayude con algo para comer. Su mirada me trasladó directamente al dolor que sentía, era verdad, no puedo explicarlo, pero creía en las palabras de esta persona. Le dije que no tenía, intenté ser igual de expresivo con mi mirada para que me creyera (además era parcialmente cierto). Sonrió y me dijo que no me preocupe, se alejó sin decir más. Los quince centavos de dólar que tenía para el bus empezaron a pesar; podía haber caminado a casa y dárselos al señor; esos pensamientos llegaron tarde. Con los años he intentado componer la culpa de ese momento, va mejorando. El punto: era un mendigo producto de nuestra sociedad y sonrió a pesar de la enfermedad.

“Ahí en esa podredumbre, esta la fuerza de la flor. Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor. Ahí cambias la suerte, por el impulso de crear. Ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiar”. No sé cuántas veces hablo o escribo de lo mismo, ya he perdido la cuenta y en honor a la verdad… poco me importa. No es desdén o peor aún exceso de confianza, solo pretendo empezar explicándome lo básico para luego abarcar lo que nos pintan como importante. Empezar a cambiar. Es que ya es hora, no hay lugar para más. Ejemplo: un abogado (inserte la profesión de su preferencia) corona en su carrera, cumple con la sociedad y envejece tal como lo promociona la televisión. Se dirige a una reunión de jubilados y ve a un niño buscando comida en un tacho de basura; inmediatamente sube el vidrio y realiza una mueca. Su corazón no exhibe el menor remordimiento por aquella situación. Este *profesional* ha muerto hace mucho y no se da cuenta…

“Me desvela descubrir el corazón tras tanto velo. Soy luz intermitente, soy pájaro que aún no vuelo”. Saben, me encanta escuchar a las personas, en serio, después de escribir, es una de mis pasiones favoritas. Todos necesitan ser escuchados, absolutamente todos, no hay palabras menores. Además, se aprende infinitamente con las historias de otros. Voy al punto. A todos ellos quienes han compartido sus miedos y emociones conmigo, sus anhelos o sus derrotas, solo me queda decirles una vez más: vuelen. Háganlo tan alto como sea posible, procuren revelar la verdad de su corazón y tranquilos, reconocerse es suficiente, es empezar a cambiar.

Empecé con una idea y terminé a kilómetros de distancia vagando con versos de la canción de Cordera. Podría corregir estos errores y procurar un texto más pulido y con sintonía. Y esa es la diferencia, podría, pero no deseo hacerlo. Divagar es tan mío que dejar de hacerlo en cada texto sería arrancarme un pedazo de identidad. Ahí estamos, esa era la idea, lo logré.

Alberto Cortez tenía una canción muy particular: “Desde su galaxia el niño ya sabe que cuando sea grande tendrá que ceder. Pero, mientras tanto, él tiene la llave del eterno sueño de ser o no ser… Bombero, bombero, yo quiero ser bombero. Bombero, bombero, porque es mi voluntad. Bombero, bombero, yo quiero ser bombero, que nadie se meta con mi identidad.”

Entre la música de Cordera y Cortez se pierden vagamente mis palabras. Y esa es la vida, la que me enseñan los soñadores con ejemplo y perseverancia. Muchos han detenido su andar para indicarme que el único camino real es el que nos mantiene firmes en nuestra identidad.

Ajustarse a los moldes es tarea sencilla, cumplir con los requisitos sociales lo es aún más. Ahora bien, planteo una pregunta antes del punto final: ¿Eso es todo lo que somos?

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