De PHD a HDP

Nos han convencido con fuerza que la educación formal es necesaria para progresar como sociedad. Me cuesta creer en tales palabras, vivimos rodeados de títulos sin educación. Hay ingenieros apostadores, abogados farsantes, médicos inconscientes y comunicadores mentirosos. En fin, se nos educa para todo, excepto para ser consecuentes. Hago un pequeño salto en el tiempo para contar mi primera experiencia en el mundo educativo.

Primer día de clases. Tenía seis años y estaba sentado en primera fila en mi nueva escuela; no demoré en hacer un amigo, se sentaba junto a mí y hacía algunas bromas de las cuales yo me reía con gusto. El profesor ingresó al aula y nosotros no nos detuvimos, seguíamos riendo. Sin darme cuenta, de la nada, una regla golpeó la espalda de mi compañero y se rompió por la mitad; mi risa se detuvo inmediatamente. No le dijo una sola palabra, a mí en cambio me obligó a ir a una esquina del salón por ser un burro al reírme de las gracias de mi compañero. Una experiencia casi religiosa.

Al igual que ese docente, tuve muchos otros en toda mi etapa educativa, las maneras para desestimar han ido cambiando con los años, pero no han mermado en lo absoluto, hasta mi último ciclo en la universidad me encontré con este tipo de personas; profesionales sin educación.

Es imposible escribir sobre educación y no pensar en “Another Brick in the Wall”. Esta icónica canción de Pink Floyd nos regala una frase que debe ser pensada una y otra y otra vez… “We don’t need no education”.

EL sistema educativo colapsó. No puedo salir a la calle, ver noticias o conversar con conocidos y dejar de pensar en ello. Sostengo mis ideas en algo sencillo, no caminamos a ningún lugar, la supuesta educación formal nos ha convertido en máquinas productivas, la libertad educativa depende en gran parte del acceso económico y, sobre todo, de los estatutos sociales impuestos hace un par de siglos y que no logramos derribar. ¿Eso es todo lo que somos?

Gracias a mis constantes dudas sobre varias cuestiones, con el paso de los años he debido enfrentarme con amigos y familiares respecto a las palabras del párrafo anterior. A muy pocos profesionales les gusta que se discuta el esfuerzo realizado para poder anteponer un título a un nombre y que este los haga creer que son algo especial por ello. Lo siento, esta es mi verdad, me parece sumamente gracioso tal tipo de conductas. Seguramente les ha pasado que se han encontrado con gente que se presenta como “Doctor X”, “Ingeniero Y”, “PHD Z” y más. El orgullo es un complejo serio. No hay nada de malo en alcanzar un título universitario, cada quien apunta a la dirección que desea, para mí el problema radica en no saber porque buscamos ese título.

La RAE colabora hoy con mis propósitos. “Titulitis: Valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien.” Es real, casi perfecto para describir lo que en este momento pasa por mi cabeza.

A mi entender poco práctico en ciertos momentos, esta titulitis se genera de forma más incipiente en las clases sociales medias y bajas…Saben, una de las palabras más duras de escribir es “clase”, me cuesta pensar que aún nos dividimos como seres humanos, que la capacidad para adquirir nos divida… espero que con el paso del tiempo esta palabra desaparezca por completo de nuestro vocabulario.

Continúo. Con la consecución de títulos creemos que lograremos igualar la balanza, sentirnos más capaces de conseguir puestos acordes a los conocimientos adquiridos en la etapa estudiantil… y de repente nos damos cuenta que no es así. Puede existir un PHD con el conocimiento, la educación (la verdadera) y la experiencia necesaria para asumir un cargo en… no sé, cualquier cosa, Un Ministerio. Pero pierde la oportunidad frente a un bachiller que es amigo del amigo del presidente de la República; sobran los ejemplos en la realidad.

O por otro lado también puede darse el caso que llega un PHD con cincuenta títulos más, veinte condecoraciones y una medalla otorgada por el mismo Rafiki…pero que resulta tener la misma inteligencia emocional que la segunda llanta de un monociclo; también es común.

¿Y entonces? No tengo la más mínima idea. Hace dos semanas me negaba a escribir por eso mismo, porque de repente me vi perdido en la mediocridad, no estaba motivado a pensar en mis palabras, a discutirlas. Veía por todo lado un cúmulo de profesionales sin educación que me dejó en un completo estado de escepticismo frente a nuestro futuro.

Tomé un poco de valor y hoy escribo por la misma razón que lo hago siempre, para intentar encontrar esas respuestas que no se visualizan con facilidad en estos tiempos y también porque… no pierdo la fe. Sí, en serio no la pierdo a pesar de que nuestra sociedad marca sin premura el fin de nuestra existencia.

Y bueno, con esto de la educación creo que es hora de cuestionarla, de ordenar nuestras ideas y elegir los comportamientos. Está bien estudiar, está bien llenarse de títulos si eso nos hace más felices, está bien cualquier decisión que sea tomada a personalmente, evitando las pautas sociales de comportamiento. Sin embargo, a mi criterio seguirá siendo más importante por encima de cualquier profesión el aprender de una vez por todas a SER humanos, a evitar los moldes y a comprender que el título más importante se encuentra en la grandeza de nuestros corazones. Lo sé, suena cursi, pero me motiva a creer que aún podemos romper las cadenas del consumismo educativo.

Y los que no comparten mis palabras, los respeto. Solo les recomiendo una cosa, la línea que separa a un PHD de un HDP es muy delgada. Eso lo enseña la vida, no la universidad.

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