Pertenencia a la nada

Caminan por senderos sinuosos llenos de desconocimiento, sonríen, fingen, casi pueden atrapar la verdad de la vida. Se dejan engañar, las masas determinan caminos fáciles, comunes, llenos de vaguedad. Afuera existen mil oportunidades para darle sentido a los movimientos, a la misma existencia, sin embargo, es más sencillo optar por la brevedad de las circunstancias, conseguir lo mismo que otros, o si es posible, mucho más. La felicidad se puede maquillar de mil formas distintas, el triunfalismo faculta a todos con la oportunidad. Los modelos de consumo nos engañan, nos hacen creer que todo trata sobre eso. Más, más y más… la pertenencia a las masas borra nuestra identidad.

No me puedo quejar, a lo largo de la vida he contado con la fortuna de encontrarme con personas muy interesantes, otras no tanto, pero todas me han enseñado lo bueno, lo malo, la fácil y lo complicado. Es complejo determinar el impacto de cada una de ellas en mi pensar, pero lo agradezco infinitamente. Ahora, en estos últimos meses producto de un cambio severo en mi conducta, he tenido la fortuna de coincidir con grandes pensadores. No, no estoy intentando vanagloriar a nadie ni sobreponer sobre otros sus ideas, pero necesitaba hablar un poco de ellos. Lo que escribo normalmente es una extensión de muchas conversaciones, de ideas que quedan flotando después de una taza de café… o una copa de ron. Hay días y días.

Mis últimas conversaciones se han centrado mucho en el sentido de pertenencia que tienen las personas hacia determinada situación en la vida. No puedo ser tan específico porque parecen ser miles de cosas distintas en las que los seres humanos se enfocan, eso les da a creer que existe cierta libertad en su actuar, como que el libre albedrío fuese su mayor virtud. Me permito dudar de ello. Según mi visión, y la de otros cuantos que hoy reflejo con mis palabras, no estamos decidiendo tanto como deberíamos, no estamos siendo tan libres como podríamos. Vamos a la base.

Copio textualmente unas palabras encontradas en el diario paraguayo ABC, dicen bastante: “El sentido de pertenencia es un sentimiento de vinculación o dependencia que experimenta un miembro de una sociedad. Se manifiesta por una simpatía y una inclinación recíproca entre los individuos que integran una comunidad. Este sentido de pertenencia se basa en la necesidad social (Maslow). El ser humano necesita sentir que pertenece a un grupo, sentirse parte de ese grupo: un país, la familia, su grupo de trabajo, un club, un partido político, un grupo religioso. Al pertenecer a ese grupo, siente por sus miembros simpatía (u otro sentimiento más fuerte), así, no solo desea participar, sino que se compromete a hacerlo, para mejorar el grupo al que pertenece. El ambiente que rodea a una persona influye en su conducta, en su forma de pensar, sentir y actuar.”

Como lo podrán ver, no hay nada de malo en ello. Somos seres sociales, esa es nuestra naturaleza. Absolutamente todos, en determinado momento, tendremos una filiación por determinada conducta. Ahora bien, si esto no rompe los parámetros, se preguntarán el porqué de mi preocupación.

Bueno, a mi entender, sí los rompe el momento en que, por encontrar este sentido de pertenencia, vendemos la identidad al mejor postor. Estas últimas palabras suenan un poco grotescas, pero vamos, seamos sinceros, así sucede, mire a su alrededor. A cuantas personas ha visto cambiar de una actitud dulce u original a una actitud impuesta por patrones de comportamiento social. En mi caso particular a muchos más de los que desearía. He visto almas inmensas, llenas de las mejores intenciones, apagarse por conductas que otorgan una felicidad más sencilla. No tengo nada con lo superfluo, cada quien a lo suyo, pero no puedo negar que me lastima ver como quienes en algún momento consideraron conquistar el mundo, de repente se ven felices asistiendo a un trabajo de ocho a cinco y farreando cada fin de semana al son de Maluma y compañía.

Punto aparte. En el texto de ABC se menciona las necesidades sociales de Maslow; creo que es importante profundizar en este tema. “Las necesidades sociales se difunden por mecanismos sociales, principalmente por demostración e imitación, por lo que pueden ser creadas y, mediante técnicas publicitarias, puede provocarse que sean fuertemente sentidas por grandes masas de población.” Teniendo un poco claro este concepto, podemos dirigirnos a la pirámide de Maslow, un psicólogo estadounidense que dividió en cinco niveles las necesidades humanas y la forma en que estas pueden satisfacerse.

Aun así, con toda esta información, no me siento completamente satisfecho. Hoy en día esta pirámide -a pesar de las críticas- es muy utilizada en el mundo del marketing. Mire usted la base, todo lo que ahí se detalla es inherente a nuestra condición como seres humanos. Sin embargo, y aquí viene la parte de este consumismo desmedido en el que nos vemos envueltos, todo se nos vende. “respire mejor con…”, “aliméntese mejor con…”, tenga mejor sexo con…”, etc.

En este punto del texto espero que la idea principal por la cual escribo esté bastante clara. Delimitar nuestras conductas sobre lo que conocemos es un ejercicio complejo de realizar. Insisto, la facilidad con la que se nos vende lo más simple de la vida debería invitarnos a cuestionar todos los comportamientos que tenemos y que aceptamos como correctos.

No es sencillo, eso lo tengo claro, romper los esquemas sociales no puede considerarse como una tarea espontánea sin mayores implicaciones. Ya lo había expuesto con anterioridad, la soledad es la moneda de cambio de una sociedad que se enfoca en lo superfluo. Es entendible, se ha vendido la felicidad a tan bajo precio que las personas creen encontrarla cada día. Desde un café en Starbucks hasta una fiesta al ritmo de *introducir nombre de reguetonero*.

Ahora bien, teniendo una felicidad consumible, un sentido de pertenencia que se vende como pan en cualquier escaparate, me pregunto, ¿cuál es la solución?

En honor a la verdad no tengo la más mínima idea; yo hago preguntas, cuestiono comportamientos y trato de entender a la vida como algo más importante que sobrevivir perteneciendo a las masas. En la ignorancia que pueden vestir a mis palabras, me animo a decir que una buena forma de empezar es rompiendo los moldes; es posible que a cambio nos veamos en la desesperanza, en la soledad, o tal vez no, puede ser que encontremos a otros desadaptados sociales que están marcando sus propios senderos. Las posibilidades están ahí, es cuestión de decidir qué tan libre podemos o queremos ser.

Finalmente comparto una frase de Aldox Huxley que pertenece a su libro Un mundo feliz:…La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza.”

Vayan, duden de mis palabras, duden de las suyas. Tomen decisiones, arrepiéntanse de ellas. Dejen lo superfluo, conversen con su alma, la felicidad no es una carrera, no esperen ganarla. El tiempo no existe y nosotros tampoco, la vida pasa rápido, vívanla a su antojo. Duden. Lloren. Rían. Rompan sus corazones. Agiten el camino con malas decisiones. Busquen su esencia, pertenezcan a ella. Pertenezcan a la nada.

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