Amantes de la desinformación

Las ideas presentadas a continuación tuvieron su origen hace exactamente treinta días. El 15 de abril de 2019 se produjo un incendio en la catedral de Notre Dame en París, Francia. En un principio había decidido enfocarme en la superficialidad que le damos a este tipo de eventos, y que, dicho sea de paso, poco conocemos de los mismos. Todo pensamiento inicial quedó en simples ganas, ya me expresé al respecto en un post anterior, además, las redes sociales fueron bastante decentes en esta ocasión haciendo eco de lo superfluos que se veían ciertos personajes al suplicar por una estructura que poco o nada tiene que ver con el resto del mundo. Antes de continuar me permito esclarecer que nada tengo en contra de la arquitectura, de los viajeros afortunados que la conocieron o de los que sufren por el legado religioso. Bueno, no deja de preocuparme todo ello, sin embargo, la idea principal tomó su propio rumbo y no me apetece cambiarla.

Periódicos, noticieros, redes sociales, etc. En cada rincón abundaba información sobre el hecho que estaba acabando con cierta parte de la historia francesa. Vamos, ellos son mucho más que una iglesia; los chalecos amarillos llevan levantando su voz por situaciones más relevantes y no tienen la misma acogida. Para los medios de comunicación las cosas importantes de la vida no venden tan bien como lo banal. Si no me cree vaya y revise su Facebook, ¿cada cuántos memes o “estudios científicos demuestran que…” encuentra información relevante?

Continúo. Al día siguiente del hecho estaba leyendo un periódico digital en el que uno de los responsables de proteger la estructura mencionaba los daños ocasionados por el incendio y demás detalles que poco interesan en este momento. Luego me di una vuelta por redes sociales y leí todo el sufrimiento que la destrucción estaba causando en los corazones nobles de quienes –para su mala suerte- me tienen agregado en redes sociales. Por ahí circulaban los comentarios sobre las gárgolas o imágenes que se veían entre el fuego, sobre los posibles responsables del “atentado”, entre tantas cosas más. Unas mentiras eran más aceptables que otras; toda esa información carente de contraste alguno era compartida sin mayor responsabilidad. Técnicamente ninguna excedía las doscientas palabras, en el mejor de los casos. Hago referencia a ese detalle porque doscientas palabras no son suficientes para determinar nada, pero sí lo son para desinformar.

Entre todas las noticias me quedo con una que parecía particularmente cierta –de hecho, lo era-. Me explico, no sin antes aclarar que no conozco a la persona que originariamente realizaba la publicación porque alguien había compartido, lo que alguien había compartido, lo que alguien había compartido… ustedes entienden.  En todo caso, en esa cadena de desinformación, una persona agradecía que los tres rosetones más importantes de la catedral -que datan de los siglos XII y XIII- habían resistido al incendio y estaban intactos. Una fortuna para todos los amantes de tan magníficas obras de arte. Regreso un momento en mis palabras. En la lectura que les mencioné en un principio, cuando uno de los responsables de la catedral se expresaba sobre los daños, mencionaba que los tan espectaculares rosetones nunca se encontraron expuestos al incendio y estos se hallaban en perfectas condiciones.

Vamos a la base. Este alguien desconocido publicó una noticia que podríamos catalogarla como casi auténtica. En teoría él no atentaba contra la verdad, pero sí lo hacía contra la decencia al publicar contenido irrelevante, con palabras fuera de contexto, que fue compartido en infinidad de ocasiones por personas que no se dieron el trabajo de contrastar la información y que dieron por cierto aquello. Pongo un ejemplo para ser más claro con mi punto de vista: “Jorge Burneo Celi no resultó herido en el incendio de la Catedral de Notre Dame”. Es una noticia completamente cierta, no resulté herido porque no estuve durante el incendio; pare de contar. Los titulares son peligrosos, la información vaga lo es aún más. Una verdad mal contada es tan peligrosa como la mentira. Ahí, a mi entender, es donde nace el problema.

Dejemos Notre Dame de lado y enfoquémonos en el asunto que en esta ocasión nos interesa: la desinformación. Mi opinión no es una fuente de verdad ni pretendo que lo sea, escribo con el único fin de dudar un poco de la realidad, de poner en jaque todas nuestras certezas para ver si tal vez…. logramos ser mejores.

La desinformación a mí entender es uno de los mayores problemas con los cuales nos enfrentamos actualmente. Los medios de comunicación formales no son santos de mi devoción; anuncian banalidades que llenan sus arcas pero que dejan importantes vacíos en sus lectores. No obstante, lo primordial en este sentido es fijarnos en la información que llega a nosotros por medios no convencionales, hago estricta referencia a las redes sociales y/o aplicaciones de mensajería instantánea.

Todo este tsunami desinformativo nos abomba de conocimientos innecesarios, nos distrae de la realidad y nos contenta con nada. Al ser nada lo que llega a nuestra vida, cada día exigimos más y más y más…Finalmente permanecemos totalmente vacíos, pensando en nada y creyendo saberlo todo. Insisto nuevamente que esto tiene un carácter personal de opinión, no es una verdad absoluta, pero si está interesado lo invito a discutirlo conmigo o con quien usted crea conveniente. Nada hace tan bien al progreso como cuestionar la información.

Hago una mención honorífica a todos ellos quienes se alimentan o alimentan a sus lectores de información superflua. Sé que intentar lograr un sentido de pertenencia con la sociedad parece ser necesario hoy en día. El paralelismo que se vive entre la realidad y el mundo virtual nos tiene un poco confundidos a todos, sin embargo, nunca es demasiado tarde para romper ciertos esquemas y decidirnos de una vez por todas a despojarnos de conductas contraproducentes para el mundo. El factor social es imprescindible para nuestra evolución, lastimosamente hemos volcado toda nuestra capacidad de raciocinio a la vaguedad de las circunstancias.

Mi fe está plenamente volcada en nuestras posibilidades, en nuestra capacidad como seres humanos, sé que podemos hacerlo mejor. Creo que ya hemos tenido bastante con la desinformación, con la superficialidad de la vida. Afuera existe un mundo que nos exige atención, que nos solicita comedidamente que lo cuidemos antes de que el tiempo se nos acabe.

Por pertenecer no vendamos nuestra identidad, por pertenecer no abandonemos al corazón. Aparentar es tarea sencilla, la sociedad paga bien por ello y cualquiera lo puede hacer. Ser fiel a la identidad, a la verdad relevante y a la autenticidad no es muy reconocido, son pocas las almas que rompen esquemas y normalmente reciben como moneda de cambio la soledad. No pierdo mi fe en que esta situación se pueda revertir. Mientras tanto decidamos, ¿identidad o banalidad?

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