El paso que no damos

Falta poco, solo es necesario un último impulso y listo, voy a lanzarme al vacío, abandonaré la comodidad, perseguiré los sueños, renunciaré al trabajo, viajaré… ¿En cuántas ocasiones han escuchado esas palabras? ¿Cuántas veces las han pronunciado?

No puedo responder por usted, es una verdad que no me pertenece. Sin embargo, lo exhorto a que cierre los ojos y vea que sucede en su interior. No existe la necesidad de contárselo a nadie, lo importante es que sea franco y evite convencerse de cualquier mentira.

¿Ya lo sabe? ¿Es sincero su pensar? Perfecto, yo también intento lo mismo. Esas palabras las he pronunciado en infinidad de ocasiones, son tantas que ni siquiera logro enumerarlas. Un rastro de vergüenza recorre mi cuerpo mientras escribo estas últimas líneas y una sola pregunta se dibuja en mi cabeza: ¿Por qué?

Miedo. No perdamos la línea. Para evitar divagar en ideas abstractas, busquemos un concepto que nos guíe durante el camino. El miedo “es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado. Es una emoción primaria que se deriva de la aversión natural al riesgo o la amenaza, y se manifiesta en todos los animales, lo que incluye al ser humano. La máxima expresión del miedo es el terror. Además, el miedo está relacionado con la ansiedad.”

Factor psicológico. “La función psicológica del miedo, reside en evitar un daño personal que lesione la identidad y la autoestima, y señala la necesidad de poner un límite, tanto a los actos ajenos como a los propios. En relación con el deseo, el temor funciona como señal anticipadora, que permite procesar la información más a fondo antes de tirarnos a la piscina. La psicología ha descrito dos tipos de personas, que no han conseguido mantener un buen diálogo con sus miedos, y tienden a utilizar siempre la misma estrategia de afrontamiento; la personalidad fóbica; que se queda paralizada, y la contra-fóbica, que se lanza sin pensar.”

Tenemos nuestras bases así que podemos ir desgranando el asunto. Cuando escribo, mis palabras se fundamentan -mayoritariamente- en las conversaciones que mantengo con diversas personas y que, valga la oportunidad de mencionarlo, sin ellas no encontraría ideas suficientes sobre las cuales expresarme. Continúo. Párrafos atrás mencioné una pregunta y luego hice referencia directa al miedo. Me enfoco concisamente en él porque considero, entre todas las opciones, que es el que mejor advierte mis intenciones.

Tomo tres puntos sobre el miedo: es natural, está presente desde el nacimiento y hay dos tipos de reacción. Ahora bien, como en un principio nos hemos autocuestionado, en este pasaje del texto, si aún no está aburrido de mis palabras, sabrá perfectamente donde habita ese miedo que lo frena para alcanzar las metas que habitan en el corazón y que las susurra fugazmente en momentos de ingrávida sensatez.

También comprendo y soy consciente de que el mundo no la pone fácil. En un sinfín de ocasiones he escuchado a personas que desean una vida diferente, pero no van tras ella por las limitaciones que nos han impuesto; que hemos admitido. Recuerdo a un buen amigo que soñaba con ser periodista deportivo, el miedo heredado desde casa lo truncó. Ahora le va bien con una actividad distinta; sonríe, genera buenos ingresos, existe satisfacción social…

Y es que eso también resulta importante, la cuestión del triunfalismo se confunde gravemente con la consecución de las metas. Vaya usted y piense en algo que realizó en su vida y que causó más entusiasmo en otros que en su propio fuero interno. Es muy común y somos presas ideales de esos acontecimientos, o a veces hemos sido nosotros quienes se han convertido en los cazadores de ideas para otros. Nos cuesta cuestionar y preguntar a nuestro igual: ¿Cuál es el paso que deseas dar?

Una narración de Alan Watts que lleva mucho tiempo circulando por internet hace una pregunta muy interesante: ¿Qué te gustaría hacer si el dinero no fuera el objetivo? Tomo un par de las frases que se mencionan en dicho audio: “Es mejor tener una vida corta que esté llena de lo que te gusta hacer que una larga vida gastada de una manera miserable. Y después de todo, si realmente te gusta lo que estás haciendo, no importa lo que sea, eventualmente puedes convertirte en un maestro de ello. Es la única manera de convertirse en un maestro de algo, estar realmente con ello. Y luego podrás obtener una buena ganancia por lo que sea. Así que no te preocupes demasiado. (…) Pero es absolutamente estúpido pasar tu tiempo haciendo cosas que no te gustan, para seguir gastando en cosas que no deseas y enseñar a nuestros hijos a seguir en el mismo camino.”

Yo sé que todo puede parecer excesivamente romántico para el siglo XXI, demasiado quijotesco. Los mecanismos impuestos y el estilo de vida que se nos exige en ciertas ocasiones está completamente alejado de lo que es necesario para ser parte de la sociedad.  En el colegio tuve problemas porque un profesor en repetidas ocasiones señalaba que yo vivía en las nubes… era cierto, pero valió la pena porque esas nubes ahora forman parte de mi realidad.

¿Cuándo es el momento? Definitivamente es ahora. Defiendo fervientemente el romanticismo de una vida utópica y animo a todos quienes alberguen dudas al respecto que se atrevan a considerar esto: La muerte siempre está a la vuelta de la esquina. Lo siento, no somos seres eternos, y de lo que soy consciente es que solo tenemos una vida, ¿Por qué no hacer de ella algo espectacular?

¿Y si no lo logramos? No importa, porque el triunfo, aunque parezca cliché, está en el camino. En una entrevista, Eduardo Galeano citando a Fernando Birri dice: “Fíjense ustedes que la utopía está en el horizonte y si está en el horizonte yo nunca la voy a alcanzar. Porque si camino diez pasos la utopía se va a alejar diez pasos; y si camino veinte pasos la utopía se va a colocar veinte pasos más allá. O sea que yo sé que jamás nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve? Para eso, para caminar.”

Que el miedo sea racional y el condimento perfecto para alcanzar las verdades que cuenta nuestro cerebro minuto antes de encontrarse con Morfeo. Es momento de dar el primer paso. La vida inicia cada cinco minutos, no el lunes ni el primer día del mes. Lo único real es este preciso instante, nada más.

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