Utopía fronteriza

Abandonar lo conocido. Saltar a un abismo buscando una oportunidad sin la certeza de poderla encontrar. Las probabilidades no están a favor de los soñadores, pero eso no los detiene, en busca de un futuro prometedor son capaces de arriesgar lo único que verdaderamente poseen: su vida.

Cierran los ojos; suspiran. El momento de iniciar el camino a llegado. Reciben noticias desde el otro lado de la frontera, saben que no serán bien recibidos, sin embargo, su lista de opciones se ha visto mermada y deben afrontar los riesgos.

A todos quienes los observan les cuesta comprender por qué los migrantes están dispuestos a realizar esta travesía. Hay quienes piensan que solo desean sentirse aventajados por las facilidades con las que cuentan los países “desarrollados”. Pero nada se aleja más de la realidad, ser tachado como ilegal descompone la felicidad. Renunciar a lo conocido no es un capricho del extranjero, sino una obligación.

Hambre, guerra, corrupción, etc. Son muchas las palabras que describen la situación de miles de personas que día tras día se arrojan contra unas leyes que determinan su pertenencia en este mundo y a día de hoy resultan incomprensibles. Se han pintado líneas fronterizas sobre un planeta que debería pertenecer a todos. Se han emitido documentos obligatorios que avalan el ingreso de un ser humano a un territorio determinado.

Alan Kurdi huyó de la violencia de Siria y terminó siendo fotografiado -ya sin vida- en la orilla de una playa turca. Las decisiones que tomaron otros no fueron su culpa, ¿por qué no darle una oportunidad? Quien sabe, podría haber sido el próximo Beethoven, o haber descubierto la cura contra el cáncer. Hay futuros que se están truncando y la culpa recae sobre una minoría con gran poder.

Existe infinidad de posibilidades para enfrentar el cambio que la humanidad requiere, pero se sigue negando al ser humano la capacidad de desarrollarse en igualdad de condiciones. Y todo por el miedo a compartir. Los recursos con los que cuenta el planeta son suficientes para todos, siempre y cuando quienes acumulan más, aprendan a soltar.

Resulta imperante que la indiferencia de quienes pueden y tienen más llegue a su fin. El siglo XXI es el siglo de la globalización y aún se sigue preguntando la procedencia de las personas; es hilarante. Lo único que consigue tal pregunta es minar la conciencia con ideas preconcebidas que hace mucho tiempo dejaron de ser una realidad. Es justo recordar el pasado, pero siempre que la premisa de ese recuerdo sea no cometer los mismos errores en un futuro. Ahora bien, acaso no está sucediendo lo mismo que durante la segunda guerra mundial; cuando muchas naciones prohibieron el ingreso a los desplazados. ¿En qué se diferencia ese pasado de este presente?

Es primordial alcanzar objetividad para entender las crisis humanitarias que obligan al desplazamiento de ciudadanos de sus territorios. Por ejemplo, es válido preguntarse ¿Dónde se fabrican las armas que provocan guerras?  ¿Quiénes compran el petróleo a gobiernos corruptos? ¿Cuánta comida se desperdicia en el mundo cada día?

Determinar como culpable al desplazado es sencillo, pero la ciudadanía en general también es cómplice de esta situación. El poder de un gobernante radica en la voluntad de su pueblo. Un pueblo que en su gran mayoría es consciente de las injusticias que sufren millones de personas, pero que teme levantar la voz por el miedo a la represión y pérdida de confort.

Existen dos tipos de fronteras. Las primeras son las que se han creado en el imaginario de la población, y a decir verdad son las más peligrosas. Urge arrinconar la tradición partidista que se enseña desde los primeros años de vida; ideas retrogradas que olvidan que, a pesar de las diferencias, todo ser humano es igual. Las segundas fronteras son en cambio las que se encuentran dibujadas en los mapas; enseñadas desde los primeros años de escuela. Es necesario contemplar la historia para entender que tales divisiones provocadas en el planeta son solo el resultado de la ambición de ciertos individuos que nunca les importó el detrimento de su igual.

La situación actual arroja una sola solución viable para detener las crisis migratorias: borrar las fronteras. Puede sonar utópica la oración que antecede a estas palabras, pero de no tomársela en serio, de no creer en las posibilidades existentes en ello, los cambios pueden no llegar y la humanidad de esa forma condenarse. Mantener la quietud ante los problemas que son totalmente visibles en cualquier parte de planeta ocasionará una implosión social.

Hacerse eco de las políticas que no permiten un continuo flujo de seres humanos por los distintos territorios debe ser el primer paso a dar por cada individuo. Luego, es obligatorio cuestionar si esas políticas son justas para todos. Posteriormente se debe dejar de culpar a los migrantes por abandonar sus orígenes, como se había planteado en un inicio, más que un capricho es una necesidad. Finalmente, como punto más importante debería pensarse en cada ser humano con igualdad, evitando que las diferencias levanten muros.

No existirían migrantes si no existiesen fronteras. Sería perfecto que si un botánico inglés decide hacer su vida en la Amazonía brasileña no disponga de ningún inconveniente para hacerlo. Como también sería ideal que un marroquí pueda desenvolverse como violinista de la filarmónica de Viena sin tanta parafernalia burocrática. Una utopía de un mundo sin fronteras no requiere de avances científicos o paradigmas dignos de una película de ciencia ficción. Es algo mucho más sencillo que eso. Lo único que requiere es conciencia, algo inherente al ser humano, aunque a veces opacado por el ruido que se produce alrededor. «Somos ciudadanos de un solo planeta», sería un lema ideal para encontrar el cambio. Si se desea conservar el mundo, resulta obligatorio extender las manos y focalizarse en el detalle más importante de todos: el ser humano.

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