No ocultemos las cicatrices

Marzo de 2018. Como todas las noches bajé del cuarto piso en el que vivía a fumar un par de cigarrillos antes de dormir. Siempre aprovechaba ese momento para conversar un poco con el guardia de turno en el edificio. Esa noche alguien nuevo cubría el puesto.

Yo deseaba quemar el tiempo con una conversación cualquiera, sin embargo, el nuevo guardia fue más profundo en sus intenciones. Mi conversación de fútbol y política se vio disminuida cuando él con total soltura me empezó a narrar su vida. Nunca voy a olvidar las palabras con las que él empezó esa larga conversación: “Era un cobarde”.

Pablito tenía treinta y seis años y llevaba ocho completamente sobrio. No se avergonzaba de ello, sino todo lo contrario, con orgullo me contó de una profunda cicatriz en su hombro. La consiguió gracias al abuso de las drogas y el alcohol durante una pelea en la que él casi acaba con la vida de otra persona. Su mirada se perdía por momentos en las profundidades de sus recuerdos.

Esa noche el par de cigarrillos se convirtió en media cajetilla, sus experiencias eran infinitas y yo no tenía la capacidad para dejarlo de escuchar. Viéndome fijamente a los ojos aseguraba que los cobardes se hunden fácilmente, echando siempre la culpa al mundo y nunca asumiendo su responsabilidad. Él no conoció a su padre, tenía ocho hermanos, trabajaba desde los diez años, etc. Sí, era una víctima más de nuestra sociedad. Producto de esa autocompasión se refugió cobardemente durante doce años en las drogas y el alcohol. (Repito reiteradamente la palabra cobardía no por un error de redacción, sino porque él la pronunciaba constantemente.)

Coincidimos tres veces más, él iba una noche por semana a cubrir un turno en el edificio. En todas esas largas horas no hicimos nada más que conversar sobre sus errores y, sobre todo, sobre su recuperación. Era la primera vez que yo coincidía con alguien que había pasado por ello y que deseaba contarlo sin vergüenza. Era justo darle oído a cada una de sus palabras.

En la vida uno se encuentra con maestros sin siquiera buscarlos, Pablito en esas semanas lo fue para mí. Resumo sus enseñanzas en tres puntos.

Primero. La parte más difícil fue dejar de culpar a otros por sus decisiones, ahora aceptaba que el mundo no era justo, pero ya no se refugiaba en ello, sino que luchaba por cambiarlo a su manera. No tuvo la suerte de unos, pero sí más que la de otros. Cuando no está trabajando dicta charlas para que las personas aprendan a valorar la vida.

Segundo. Debemos aprovechar a la familia. Mientras él se sujetaba al alcohol, uno de sus hermanos falleció y no tuvo la oportunidad de despedirse. Su madre, como casi toda madre, fue su principal víctima. Ella siempre lo ha perdonado. Pero me dijo que él aún sentía dolor por las cicatrices que dejó marcadas en el corazón de ella. Aunque también es ese mismo dolor el que lo anima diariamente a despertar a las cinco de la mañana a darse un baño con agua helada manteniendo siempre la sonrisa en su rostro.

Perdió por unos años a sus dos hijas y -para siempre- a la mujer que aseguró era su único amor. Ella solo desapareció de su vida, protegiendo a dos nenas que no tenían culpa alguna de las decisiones de su padre. Él siempre estará agradecido con ella por haberse marchado, tal vez salvó sus vidas de esa forma. Cuando cumplió seis años de sobriedad volvió a ver a sus pequeñas, quienes estaban cerca de él empezaron a confiar nuevamente, se fortaleció con eso. No las ve muy seguido, pero da todo por ellas. Le dicen ‘papá’ y eso es todo lo que necesita para no rendirse nunca más.

Tercero. Pablito también soñaba. Fue parte de las formativas de un equipo de fútbol de la capital y un técnico bastante conocido le dijo que había un futuro para él. Curiosamente fue en el mundo del deporte donde se enganchó con las drogas y el alcohol. Tenía dieciséis años y le siguieron doce de errores. Aceptaba que no los recuperaría jamás, pero se animaba diciendo que aún tenía cincuenta por delante para hacer las cosas bien.

Además de ser guardia de seguridad, se desempeñaba como árbitro los fines de semana. De una forma u otra estaba cerca de sus sueños de juventud. En alguna ocasión me preguntó sobre mis sueños, yo le dije sin titubear que escribir era lo mío. Inmediatamente me propuso que cuente su historia con total libertad. Es un hombre orgulloso de sus cicatrices, solo asumiéndolas logró recomponer su vida.

Después de dos semanas Pablito no regresó al edificio, habían puesto una encrucijada en su vida. Querían asignarle los turnos de los fines de semana, cuando él se dedicaba a pitar en los partidos.

Eligió la opción más decente para el corazón. Renunció a la guardianía y se decantó por el arbitraje. No me sorprendió. Él ahora es un hombre seguro que cuida de sí y de los suyos. Alguna vez me mencionó que elegiría el arbitraje por sobre todas las cosas y que con esfuerzo lograría encontrar algo bueno para hacer sentir orgullosa a su familia.   Nunca más volví a saber de él, pero le debía estas letras. Pablito me enseñó que las cicatrices siempre van a permanecer, pero que depende de nosotros afrontarlas con orgullo o esconderlas con cobardía.

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