Lo que no debe ser

Una caricia no cura el dolor después del impacto. Cuando la verdad acecha, es cosa de humanos huir. Es fácil para quien no desea ver la verdad tapar sus ojos, yo era una de ellas.

Había que regresar a la realidad, pero vaya, como cuesta. Pasamos nuestra vida intentando descifrar, descubrir cuál es el camino correcto. Y en esos intentos, mientras ponemos nuestros ojos en cualquier lugar, olvidamos el sitio al que pertenecemos. De repente, sin aviso previo, nuestros cimientos desaparecen y tocamos fondo. En muchas ocasiones pensé que ya no podía ir más abajo, que ese era el final, me miraba al espejo y reprochaba mis comportamientos, estaba decidida a cambiarlo. Sin embargo, me había subestimado, mi capacidad para seguir hurgando entre lo imposible carece de descripción.

La vida es una ruleta rusa, creemos en el libre albedrío, la libertad de opinión y tantas otras mentiras. Todas ellas inventadas por una sociedad que tiene como finalidad dirigir tu conducta de la forma en que a ella le resulta más conveniente. Nuestras decisiones son escasas, por no decir nulas, porque si realmente yo hubiese decidido sobre mi vida, habría optado por no nacer, por no vivir lo que viví, sin embargo, aquí estoy, camino a un final que nunca debió haber iniciado.

Quienes Decidieron traerme a este mundo fueron un poco de hormonas descontroladas y sobre todo la falta de decisión. Si lo hubieran pensando durante diez minutos más, mi existencia nunca se hubiese dado y por esa misma razón, el dolor no hubiese existido. Pero aquí estamos, siendo la burla de un destino injusto.

Cuando nací, todos creían que el hombre que casualmente fue mi padre, -digo casualmente porque pudo ser cualquiera- huiría. Eso es a lo que estamos acostumbrados, eso es lo que normalmente espera mi sociedad. Sin embargo, contradiciendo a las malas costumbres se quedó.

Su estancia a nuestro lado no se debía al amor que tenía por mi madre, porque realmente ese amor nunca existió. Se quedó por mí, la pequeña nena de ojos azules que cambió su vida para siempre. Esa misma nena años después le daría los mayores dolores de su vida. Estoy convencida que se arrepintió por no huir cuando tuvo la oportunidad.

Una infancia dura, muy diferente a la de todos quienes me rodeaban. La falta de compromiso de mis padres me relegó a una absoluta soledad. No hubo hermanos, con ella era suficiente, no necesitaban más vínculos que los unan por siempre. Debían liberarse de ella, lo harían con amor, porque eso es lo que se debería hacer con los hijos, tal como lo dice el manual. Pero el amor que recibía era tan maquinado que se asemejaba más a una película de Tarantino que a un cuento de Disney.

A los trece ya empezó a dar una serie de pasos bastante erráticos. El hogar no era un hogar, sino una casa en llamas que exigía a todos los que la habitaban salir de ahí. Tanto ella como sus padres abandonaban sus dormitorios temprano y regresaban bastante entrada la noche. Ellos cumplían con los regaños necesarios, pero no tenían efecto alguno. Palabras vacías dejan resultados vacíos. Su padre sufría un poco más, tal vez la vulnerabilidad de una chica en el siglo veintiuno lo hacían más cariñoso con ella, pero la verdad no estaba segura de nada.

No eran personas acomodadas, pero sobrevivían. Sus abuelos ayudaban bastante pero realmente era difícil saber si lo hacían por compasión, por amor o culpabilidad. Habían sido cómplices de una unión que jamás debió pasar.

Su madre tenía veintitrés cuando quedó embarazada, su padre diecinueve. Las ganas las puso ella, la falta de conciencia se la debe a él. Eran tiempos distintos, un hijo fuera del matrimonio no era un sabor agradable para las familias de ambos. Tenían que hacerlo sencillo, un matrimonio rápido. Se inventó una gran historia de amor, cualquiera que no supiera la verdad la hubiese comprado para hacer de ella una película.

De hecho, la película si se la llevó a cabo, pero se contrató al peor reparto del mundo, nadie disimulaba el malestar, ¿y para qué hacerlo?, no había satisfacción en ello.

Volviendo a los trece. Empezaron los cigarrillos, los besos furtivos y las escapadas del hogar en la madrugada. Para nosotros resultaba tan solo un juego, pero un juego que lentamente marcaba un destino complicado para todos quienes hacían parte del mismo.

A los quince el alcohol empezó a tomar un lugar importante en mi vida. En él había encontrado la forma perfecta de desahogar todas las desilusiones diarias, la falta de amor, la fatiga que le producía querer ser algo que ni intentando podría. Las penas de otros se ahogan en el alcohol, las suyas se hacen más fuertes, se alimentan y ella… ella les da otra oportunidad, se ha empezado a encariñar, no las quiere muertas, porque aquello significaría acabar con su estilo de vida. Las desea, las necesita duraderas.

Dos eventos marcaron un rumbo para su vida. Las drogas el primero. Eran más satisfactorias que el alcohol. Podía encontrar varios universos paralelos en ellas. Incluso había encontrado algo ajeno a su vida: la felicidad. El segundo evento empezó cuando sus padres decidieron preocuparse un poco más. Tenían diecisiete años y fue expulsada del colegio por encontrarla consumiendo sustancias en el lugar. Fueron injustos, nunca las consumió en el lugar, tan solo llegó bajo sus efectos.

Escogieron la mejor clínica de tratamientos. Seis meses aislada, seis meses de martirios para limpiar su alma y su cuerpo. Realmente funcionó. Antes no estaba convencida de lo que sentía por la sociedad, ahora estaba segura que la repudiada, definitivamente no decidió nacer.

Las malas amistades, las drogas, el alcohol acabaron. La dejaron mantener sus cigarrillos cuando regresó a casa. Le procuraron un futuro prometedor, más atención y el amor que tanto hacía falta. Podía ser sincero, pero aquello que tarda en llegar no surte los mismos efectos.

Necesitaba un vicio que la autodestruyera. Sus malas amistades se alejaron. Sus padres pensaron que estaba a salvo, pero realmente quienes estaban a salvo eran sus amigos, ella era esa manzana podrida. Pero esa verdad no la podían aceptar los suyos, nadie acepta ser dueño del árbol torcido, así que es mejor torcer el de los demás.

La anorexia la empezó a afectar. Sus padres no lo tomaron tan en serio esta vez, “tan solo se está cuidando”, decían a quienes cuestionaban su extrema delgadez. Vaya que egoístas, ni siquiera preguntaron si todo iba bien. Obviamente la pregunta no hubiese cambiado nada, pero un acto de cortesía siempre es bien recibido.

Una buena amistad se presentó en su hogar, quería compartir tiempo con ella, necesitaba relajarse. Mala decisión de aquel pobre sujeto, ella solo necesitaba a alguien a quien convencer y este se había presentado con los brazos abiertos en su vida.

El proceso fue lento, pero le aseguraba la victoria. Empezó a ganar peso, se necesitaba sana, además, el no comer ya no era su prioridad, necesitaba algo más riesgoso, algo que no podía evitar.

Era calculadora, empezaron con algunas copas en el bar. Suficiente para los primeros meses, se veía estable. Ya no se sentía como alguien ajena a la sociedad.

Estaban en segundo año de universidad, ambos ya se conocían. Estudiaban porque debían, cumplían con el deber. El momento llegó.

Una crisis familiar, sus padres se habían separado, una familia apareció detrás. Ella lo consoló tanto como pudo, estaría siempre junto a quien consideraba el “hermano” que nunca tuvo. Él quería su ayuda, ella se lo ofreció.

Le habló de sus tiempos antes de la rehabilitación. Aunque él ya sabía todo sobre esa parte de su vida, ahora cobrara mayor importancia. Le contaba su verdad como quien defiende a capa y espada su religión. Apostaba a que era cierto, que lo sentía dentro de su corazón. Sus mejores momentos en la vida habían estado antes de la rehabilitación. Le explicaba que la sociedad teme a que las personas conozcan la verdadera felicidad porque de esa manera el mundo no funcionaría al ritmo que los magnates habían impuesto. Él estaba susceptible, necesitaba creer en algo, aferrarse a algo, así que decidió hacerlo a esa verdad tan carente de sentido.

Abusaron de todo lo que pudieron, no había límites. Abusaban incluso del amor que creían tenerse. En esta historia solo había un final posible, no demoraría en llegar.

Cuando conocieron que su periodo de gestación había iniciado las culpas recayeron sobre todos. Se lo descubrió en el peor momento.

Su padre y el padre de la criatura que llevaba en su vientre iban a la cabeza del cortejo fúnebre. En sus hombros reposaba el ataúd de la mujer que creían amar, dentro del cofre, en el vientre de ella, quedaba la esperanza de lo que tal vez pudo ser.

La tristeza embarga a todos los que se quedan, pero ahora ella es feliz. Ya no vive más en ese mundo del cual nunca se sintió parte. Desde lejos podía ver la culpabilidad de cada persona que formó parte de su vida. El que más sufría era el padre de su hijo no nacido. Aquel hombre estaba destrozado, su depresión lo llevaría pronto a acompañarla al lugar que ella había partido. Solo esperaba que, en el momento de su encuentro, llevase una copa para brindar.

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