La ciudad de la furia

Faltan treinta minutos para las siete de la mañana, enciendo mi vehículo. Mi sobrino está listo para ir a la escuela. Salimos de casa y menos de cuatrocientos metros fueron necesarios para observar la primera infracción de tránsito; irónicamente fue cometida por un vehículo de transporte escolar. Invadió vía en una avenida, quienes se dirigían inevitablemente hacía él hicieron maromas para evitar la colisión, obviamente olvidando la presencia de menores y emitiendo tantos improperios como fuera posible.

El imprudente conductor triunfó. Adelantó a tantos vehículos como pudo, apostando en ello su vida, la de los pequeños que iban con él y la de todos quienes se enfrentaron a su egoísmo e imprudencia.

Continué con mi ruta. Mi sobrino tiene seis años, aún no es consciente de que el ser humano es capaz de atentar contra cualquiera con tal de satisfacer sus más bajos instintos.

Los demás conductores mantenían un comportamiento similar al de quien llevaba los niños: ira, rabia, ansiedad. Cada uno sacaba de sí su lado más oscuro y después… después todos pagamos el derroche de emociones mal controladas.

Un docente -supe que lo era porque logré visualizar su uniforme- realizó una mala maniobra, intentando invadir mi carril para sortear todos los vehículos y llegar antes que los demás. Fue injusto, tenemos los mismos derechos. Él también llevaba un pasajero, supuse que era su hija, se la veía un par de años mayor a mi sobrino.

La ira es una musa peligrosa y yo me dejé seducir por ella, intentando convertirme en un justiciero al volante. Bloquee las intenciones del docente, se frustró y lanzó, en un acto de inútil agresividad, su vehículo contra el mío. Fue solo una amenaza que no me amedrentó. Después de eso no tuvo reparo en insultarme, obviando que su hija estaba en medio de ambos, siendo ella quien recibía todas esas ofensas e ira de primera mano. Yo reí sarcásticamente ante su descontrol, quería provocarlo más y lo conseguí.

Me sentía victorioso cuando los vehículos empezaron a avanzar y yo me alejé de mi rival. Gané la pelea más innecesaria de la vida: una pelea que la vivimos todos en determinado momento.

Voltee a ver a mi sobrino, yo aún conservaba la sonrisa en el rostro, él en cambio… ¡él estaba absorto en sus pensamientos! Veía por la ventana, ajeno aún a las ridículas vicisitudes a las que nos vamos enfrentando con los años.

Inmediatamente me arrepentí de mi absurda conducta, me sentía culpable por no dejar que el otro conductor “ganase”. Después de todo, ¿en verdad estaba yo perdiendo?

En parte sí, tal vez aquello me robaba un par de minutos y posiblemente no lograba “enseñar” al otro a no escudarse en la viveza criolla para obtener una ventaja de cada situación. Pero si bien la pérdida parece irrisoria, la victoria lo es aún más. Lo único que en verdad obtuve fueron varios insultos, rabia y un comportamiento propio del cual me estaba arrepintiendo casi de forma inmediata.

Dejé a mi sobrino en su escuela y procuré regresar a la casa con más calma, dejando a otros conductores que ganasen aquellas pequeñas batalles por ser mejores, por llegar antes, por… por tantas cosas que realmente no importan.

Enfoqué mis pensamientos en mi sobrino, a él poco o nada le importó las peleas que yo iba teniendo con los demás. Todo el tiempo prefirió hablar sobre tiburones y ver hacia la ventana, con sus pensamientos lejos de la realidad.

Llegando a mi casa obtuve mi conclusión sobre los hechos: Nos hemos educado muy mal.

En todo el mundo, en cada rincón del planeta existe una constante competencia por demostrar de cualquier forma, sin importar los sacrificios que ello conlleve, un poco de superioridad que justifique la existencia de fantasmas en nuestra cabeza. La competencia entre el ser humano es absurda si lo primordial no es ser mejores personas. Gracias Joaquín, sin quererlo a tus seis años me enseñas muchas cosas. Mañana voy a competir por ser mejor con el resto, por aportar más a este mundo. Y bueno, si alguien quiere ganarme en lo superfluo de la vida, te prometo que voy a dejarlo. Tal vez algún día corra con la misma suerte que yo, aprendiendo del alma reflejada en los ojos de un niño.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s