Nuestra única certeza

En la vida tenemos pocas verdades, pero una de ellas es irrefutable: la muerte.

Somos conscientes de ella, bueno tal vez no tan conscientes, pero es visible para todos. En Ecuador, un país con costumbres fúnebres católicas, estamos acostumbrados a demostrar dolor cuando la muerte ha llegado, el temor nos invade, no la comprendemos. Las generaciones mayores, temían al infierno y aquello los conducía a un “adecuado” comportamiento a los ojos de Dios, cualquier pecado era perdonado con la correcta confesión.

En los tiempos actuales, es común escuchar que el cielo y el infierno los vivimos en la tierra. Algunos tienen la opción de elegir, otros tantos, tan solo deben aceptar y acomodarse a su lugar. Un ecuatoriano se sentirá a salvo del “infierno” que vive actualmente Siria, un suizo definitivamente podrá estar muy agradecido de no haber nacido en el Ecuador socialista del siglo XXI. Ambos podrían sentirse en el cielo, tal vez todo es una suerte de acceso.

Regresando con la muerte y sus dogmas, comparto esta frase que leí hace ya muchos años en una red social pero que siempre la tengo presente: “La muerte está tan segura de vencer, que te da toda una vida de ventaja”. Desconozco al autor de la misma.

El ser humano, siempre tan imperfecto se cree eterno, o por lo menos, actúa como si lo fuera. Es común denominador que la muerte cause mucha tristeza y normalmente una profunda recapacitación sobre la vida. Pero no todos la viven de igual manera. Los rituales funerarios están condicionados por la religión y la cultura de quienes los celebran.

En la antigua Grecia, untaban el cuerpo del fallecido en aceite, lo envolvían y dejaban su rostro libre. Sobre él colocaban joyas y coronas y lo velaban en casa. Terminada la velación, las personas procedían a la inhumación del difunto y luego, todos los presentes, se lavaban el cuerpo para purificarse.

Los romanos en cambio respetaban a la persona fallecida y demostraban mucho temor. Para ellos no existía nada después de la muerte, por eso la única manera de lograr la inmortalidad, era permaneciendo en la memoria de los seres humanos.

Para el budismo, la vida es eterna. La muerte es aceptada y considerada necesaria para el principio de una nueva vida. Según sus creencias, solo con la muerte podemos apreciar la vida. Para tener un modo ideal de morir, se debe mantener un modo ideal de vivir. Es decir, acumular buenas causas en vida, contribuir a la felicidad de otros y fortalecer las bases de la bondad y de humanidad.

Las culturas occidentales son más conocidas por buscar la eternidad, la inmortalidad. El hinduismo, a diferencia de ellas, busca todo lo contrario, quiere liberarse de ella, escapar de la existencia terrestre. El hindú tendrá un ciclo eterno de reencarnaciones y vivirá conforme a los resultados de sus vidas anteriores. El punto final llegará cuando su alma individual forme parte del alma universal, pasando así a otra forma de existencia espiritual.

La concepción sobre la muerte es distinta para todos, es un asunto cultural que escapa de nuestras manos cuando nacemos. Sin embargo, todo es cuestionable. Cuando la muerte nos encuentre, podremos haber elegido ser recordados como los romanos o tal vez hemos acumulado buenas causas como los budistas y quien sabe, puede que nuestra alma pase a una forma más espiritual de existencia como los hindúes. La muerte no entrega opciones, nos prohibe decidir. Sin embargo, podemos elegir sobre la vida antes de ella. Todo está en nosotros.

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