Destino adverso

Se posó una vez más en uno de mis brazos y desde ahí dio su primer salto al vacío. Le costó, no estaba convencida de hacerlo. O volaba o se encontraba con la muerte. Al borde de ese abismo; voló. Siempre le disgustó. Pasaron los años y su madre, quien la había empujado a cometer aquel acto suicida ya no estaba. Ella heredó el nido. Había tenido que someter a sus pichones al mismo acto barbárico pero nunca estuvo convencida. Tal vez por eso, uno de ellos no logró elevar el vuelo y el impacto en el suelo acabó con su vida. Se supone que era un ave y no debía sentir, pero lo hizo, una madre es una madre.

Cada año volaba menos. Se resguardaba en su lugar viendo a la gente pasar. Sentía envidia de los humanos, ellos no dejaban a sus crías tan pronto, incluso algunos no los dejaban nunca. Además, no tenían la obligación de volar. Podían caminar a cualquier parte, no se arriesgaban a caer desde las alturas poniendo en juego su vida. A su entender eran seres sabios. Si tan sólo hubiese sabido que ellos darían lo que fuera por alcanzar el cielo libremente.

Cuando me animé a hablar con ella por vez primera del asunto, le dije que estaba deseperada por nada, de esa forma lo único que había encontrado era infelicidad, las respuestan no llegarían así. La animé a dejar que la vida fluya, que acepte su condición sin renegar y saque el mayor provecho de la misma. Le expliqué que cuando era joven muchas veces quise volar. Odiaba a la vida por haberme hecho semejante desplante. Envidiaba con todas mis fuerzas a cada pájaro que escuchaba; incluso, con algunos actuaba con malicia, me daba modos para dañar sus nidos y lastimar a sus crías. Sin embargo, los años pasaron y yo seguía aquí plantado, así que aprendí a ser paciente, era lo que me quedaba. Pero con esa misma paciencia vino la sabiduría y el sentido de mi vida. Ahora me aferro con toda la fuerza a este lugar. He sido un hogar para miles de aves. Las he visto irse lejos y luego regresar para contarme sus aventuras. En ciertas ocasiones soy la sombra que necesita un extenuado caminante; en otras, testigo del amor de jóvenes parejas. Comprendí a la soledad cuando vi ancianos caminando solos y también supe lo que era la tristeza cuando aquel sujeto quiso colgarse de mis ramas. Sé que puedo parecer solo un viejo árbol, pero para muchos he sido parte de su vida y eso me hace especial. Tener el sueño de volar me hizo entender que en verdad lo único que deseaba era ser libre, y fui libre el día que me acepté.

Pero ella no me escuchó, no le importó lo que pudiese decir. Se empecinó en no dejarse llevar por el viento. Buscaba un libreto para su vida.

Estaba cansada de sus alas. Podría asegurar que, de encontrar la forma, las hubiese cortado. Y aunque no lo hizo, se dio modos y cambió su destino. Uno de sus últimos vuelos fue para bajar de mis ramas. Luego la veía durante días caminar a mi alrededor, aunque no lo decía, sabía que se sentía segura a mi lado.

No podía dormir porque los roedores se acercaban a ella para lastimarla. Cuando sucedía, su naturaleza fallaba y la hacía elevar vuelo inconscientemente para precautelar la vida. Se atormentaba por ello. Luchar en contra de uno mismo es la batalla más dificil de todo ser.

Estaba decidida a dejar sus alas. Cuando ya había tomado más práctica, empezó a caminar lejos para obtener elementos fuertes que le permitiesen construir un nido a nivel del suelo, protegiéndose así de cualquier invasor. Construyó su vida junto a mis raíces.

Cierto día, un perro se soltó de su dueño y al verla caminar empezó a seguirla. Ella corrió tan rápido como podía, pero no era suficiente, la estaba alcanzando. Cuando intentó desplegar sus alas como último recurso, estas no funcionaron. Olvidó como ser pájaro. Sus cortas patas fallaron y tropezó. El perro la tenía entre sus fauces.

Un alma piadosa vio aquello y ahuyentó al perro. Salvó su vida. Esa persona la llevó consigo. Fue la última vez que la vi. Ahora que lo pienso, tal vez ese siempre fue su plan.

Un lechuza que viene de visita cada cierto tiempo me contó que la había visto en una jaula en una casa de las afueras de la ciudad. Decía que cantaba alegre entre los barrotes, se sentía por fin segura. Poco tiempo después supe que murió. Nunca más extender sus alas le restaron fuerzas. Quiso vivir una vida ajena y el precio a pagar fue una muerte temprana. Ceder ante el miedo la encerró en una jaula cuando lo suyo era el cielo.

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