Sinsabores de un adiós

El dolor se fijó en sus ojos cuando el adiós se hizo inevitable, las consecuencias de las decisiones nunca se adoptan de la mejor manera, peor aun cuando las fueron tomadas por otros, siendo ajenas a los propios deseos.

Una lágrima hubiese sido suficiente para otorgar un toque novelesco al momento, sin enturbiar la calma de los presentes. Pero resultaba absurdo intentar ocultar los sentimientos. No existe nada peor que ser egoísta con el alma propia, intentando maquillar con la imaginación las emociones que claramente expresa el corazón.

Gabriel no se detuvo a pensar en maquillajes y peor aún en el que dirán, sentía que tenía todo el derecho del mundo para expresar su tristeza más grande, así que lo hizo. Empezó a sollozar fuertemente la última vez que pudo verla, pero a medida que ella se alejaba para siempre, el llanto de él se hacía insoportable para todos los presentes.

Él no prestaba atención a las miradas recriminatorias de conocidos y desconocidos. Estaba convencido que el mundo olvida tempranamente el amor; eso sucede cuando gana la opinión de los demás por encima de la propia.

Ella lo había convertido en eso, un hombre sensible que demostraba todo lo que su corazón sentía. Si debía reír, lo hacía fuertemente, si lloraba, lo hacía de igual forma. Cuando se molestaba, respiraba lo suficiente para medir la razón de su enojo, si aun así ameritaba expresarlo, era una fiera. Y en el amor… vaya, lo aprendió todo.

Al principio fue difícil para ambos, la vida que cada uno había llevado era completamente distinta. Las diferencias marcaban de sobre manera sus principios, y aunque los intentaban sobrellevar gracias a una fuerza ajena a ellos, había días en los que las ganas se esfumaban de sus corazones.

A esta fuerza ajena, siendo cursis, decidieron llamarla destino, porque no tenían otra palabra que definiera su casual encuentro y los enamorara perdidamente el uno del otro. Cuando algún racionalista se cruzaba frente a ellos para explicarles que la causalidad es lo que los llevó a estar juntos, ellos defendían su verdad sin importarles la carencia de lógica en sus argumentos.

Camila, ella decidió ceder primero, lo conocía poco, pero sabía muy bien que Gabriel no bajaría la guardia hasta ver una muestra fehaciente de confianza. Los primeros meses fueron así: ella amando sin medida y él soltando poco a poco. A los ojos de los observadores podría haber parecido muy injusto, sin embargo, ambos estaban felices con lo que sucedía. De hecho, ella era más feliz, porque en su interior no se quedaba nada, él poco a poco fue entendiendo de qué trataba todo.

Seis meses después, habiendo liberado todas sus emociones, decidieron que era justo llevar su amor a otro estado: contrajeron matrimonio. Ninguno creía fervientemente en nada, pero pensaron que era necesario presentar su amor formalmente a la sociedad.

La recepción fue exquisita, la envidia era uno de los platos fuertes en varios de los invitados, pero los demás, aquellos que no deseaban la infelicidad del resto para así conseguir tapar la propia, disfrutaron cada segundo, intentando imitar el amor que la pareja profesaba hacia todos. Lastimosamente, la vida presenta dificultades para todos, incluso para aquellos que la desafían con una sonrisa en su rostro.

Utilizaron el dinero que recibieron en la boda para adentrarse en la vida de aquellos que necesitaban más. Sus corazones bondadosos no demoran en encontrar una realidad que terminaría por romperlos en mil pedazos. El de Camila fue el primero en ceder.

Renunció a todo e hizo cuanto pudo por intentar dar a otros la felicidad que ella había encontrado, pero no era tan sencillo. Gabriel seguía cada uno de sus pasos, entregado a sus emociones, al amor que sentía por ella. Pero las cosas ya no iban igual que antes, el amor que se prometieron eterno, ahora dejaba grandes vacíos en sus momentos de soledad. Se culpaban de todo, olvidando que no eran responsables de la fortuna de otros. Pero se negaban a rendirse.

La desdicha acusaba sus decisiones, se sentían miserables por haber tenido más oportunidades que otros, la rabia se apoderaba de ellos cuando escuchaban las prioridades del Gobierno, olvidando que aún los niños morían de hambre.

El corazón de esta joven pareja se deterioraba cada día. Los amaneceres no eran iguales, el aire estaba viciado, luchar por vivir ya no era igual. Abrir los ojos a la realidad es un duro golpe que cuesta afrontar.

Era más doloroso para Gabriel porque no lo vio venir, las señales son difusas cuando nos negamos a una posibilidad. Después de lo sucedido, empezó a distinguirlas, pero para variar, como en todo, era demasiado tarde.

Ahora se despedía de ella, estaba arrodillado sobre el fango, suplicando a los cielos que todo fuese una mentira, un mal momento, una terrible decisión. Quería verla regresar, pero era imposible. Fue él, quien con sus manos puso el último montículo de tierra sobre el ataúd.

Camila se quitó la vida a temprana edad porque sintió que no podía cambiar un mundo que no le pertenecía. Encomendó a Gabriel continuar con el intento, tal vez él podría hacer algo. Le prometió que, si aguantaba un poco más que ella, lo esperaría del otro lado… en caso de existir. Él no se arriesgaría a pasar otra vida más sin ella, así que no cedió un solo día, dio absolutamente todo. Y aunque no cambió el mundo, si cambió varias vidas que seguirían su legado. Su último latido en el corazón fue acompañado de una sonrisa, estaba satisfecho con lo realizado. No vivió mucho, pero estaba convencido que fue suficiente. Ahora iría a buscarla, a contarle que nunca se rindió.

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