Nos gusta romperlas… reglas

«El hombre es un lobo para el hombre».

Después de la tercera y última llamada en el teatro, viene un anuncio claro para todos los presentes: No tomar fotografías, no filmar el evento.

Empieza la función. Yo me ubico en la mitad del teatro y desde mi lugar puedo ver como muchas personas utilizan sus celulares para llevar un recuerdo del concierto que acaba de iniciar. ¿Y la prohibición inicial? ¡Al diablo!

Guardias de seguridad y encargados de protocolo caminan por todo el teatro, desconcentran. Solicitan a los espectadores que cumplan con la norma establecida. Pasan unos minutos y los infractores vuelven al ataque, se sienten más astutos. Miran a su alrededor, se aseguran que nadie pueda detenerlos e inician nuevamente la grabación. Los encargados los descubren, el círculo se repite.

Junto a mí una chica se distrae por el continuo caminar. Ella también desea romper las reglas. Mete la mano en su bolso y toma su celular, está lista para grabar.  Escucho a su pareja pedir que no lo haga, ella responde con algo sencillo, «todos lo hacen». No logro escuchar nada más, pero ella guarda su celular. En su rostro es visible el enojo, limitaron su libertad.

¿Por qué nos cuesta seguir las reglas? ¿Por qué acostumbramos romperlas?

Thomas Hobbes en 1751 publicaba el que sería su libro más famoso, comúnmente conocido como «Leviatán». En el anuncia que el ser humano es “igual” por naturaleza.

En ese mismo texto Hobbes expone que otra característica del ser humano es menospreciar al otro y valorar tan solo sus propias capacidades. El resultado de esto es la competencia. Como ejemplo, “Si todos graban la función, yo también lo hago, ¡y al diablo la prohibición!”.  

Envuelto en ese estado de naturaleza, el hombre es capaz de todo. Es así como llega «La guerra de todos contra todos» (Bellum omnium contra omnes). Pero este no es el final. El ser humano teme a la muerte, no puede arriesgarse a vivir en una continua guerra, su instinto de conservación así lo plantea.

Entre los hombres se crea un pacto y en lugar de luchar entre ellos, luchan contra su propia naturaleza. Esto da paso al Estado, o como lo denomina Hobbes, Leviatán. Este demonio será el encargado de ejercer «violencia física» sobre aquel que trasgreda lo pactado. Protege al individuo del individuo, sacrifican libertad a cambio de “libertad”.

En el teatro el pacto se rompió. Las personas regresan a su estado natural y lo único que les interesa es su propio beneficio. El resultado es un desequilibrio social entre quienes respetaron el pacto y entre quienes no lo hicieron.

Es un ejemplo sencillo y poco alarmante, pero debe tomarse en cuenta. Las pequeñas acciones determinan a una persona; la persona determina a la sociedad. Saltarse la fila, estacionarse donde es prohibido, sobornar a un funcionario, agredir bajo anonimato, son formas de romper el pacto.

El 30 de septiembre de 2010 el leviatán perdió su poder de control y las personas más comunes se volcaron a la calle a cometer todo tipo de ilícitos. Si ese día se extendía durante un mes, «la guerra de todos contra todos» aún podría no acabar. Hobbes puede estar equivocado, ¿o no?

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