Luces en el cielo

Aquellas luces, producto de la pirotecnia, iluminaban todo el cielo. Yo observaba atentamente a Joaquín, en sus ojos se reflejaban todos los colores. Él miraba extasiado, me daba la impresión que no había parpadeado durante mucho tiempo, sentía su corazón, latía a mil por hora y sus pensamientos parecían estar fuera de este planeta, respiraba felicidad. Cuando transcurridos unos minutos, los fuegos artificiales llegaron a su fin, dio inicio a las preguntas como sólo un niño de seis años podría hacerlo.

Cada evento que sucedió aquella noche, estaba siendo cuestionado. Pensaba que lo único que había llamado su atención fueron las luces, sin embargo, estaba equivocado. Me señaló muchos detalles y a cada uno de esos, yo buscaba una respuesta que satisfaga su curiosidad. Pero entre todas esas preguntas, hubo una que causó mayor impacto en mí.

Nos encontrábamos celebrando el año nuevo. En mi familia teníamos como tradición, una vez concluida la cena, dirigirnos a la plaza central para realizar la cuenta atrás con la gente de nuestra ciudad. Una vez que el contador llegaba a cero, la pirotecnia, así como también los abrazos y los buenos deseos daban inicio. La escena se repetía por toda la plaza, las botellas de champán se deprendían del corcho y amenizaban la celebración. Todos eran felices, todos menos uno y el único que pudo percatarse de aquello fue mi sobrino.

Vi que en sus ojos había angustia, la emoción inicial se había esfumado. Su pregunta fue clara y directa, prescindía de protocolos. «¿Por qué está llorando ese hombre, tío?» Dijo señalando a un sujeto que se encontraba a unos cuantos pasos de nosotros. Mi respuesta, usual en un adulto que ha dejado de sentir las vibras del mundo, fue maquinada. «Llora por la emoción de iniciar otro año Joaquín». Le dije eso sin convencimiento, realmente no me fijé ni en las lágrimas de un desconocido ni en la pregunta inocente de un niño.

Mi hermano vino hacia nosotros y tomó a Joaquín en sus brazos. Yo me retiré un par de metros de ellos para brindar con la familia y algunos amigos. Estaba feliz, conversaba sobre las metas para el nuevo año y escuchaba las de otros, abrazos iban y venían, sonrisas también. Desde pequeño, mi momento preferido en la vida era la celebración de año nuevo. Me producía muchas emociones, realmente consideraba que era una oportunidad para tomar energía e iniciar un gran año. Limpiaba mi aura, me motivaba a ir siempre por más. Desde que tengo memoria, nadie en mis treinta y cuatro años de vida me había arrebatado ese día. Bueno, hasta esa noche.

Fui en busca de mi hermano para continuar la celebración a su lado. Se había alejado un poco para ir a saludar a la familia de su esposa. Se encontraba a unos veinte metros, pero no lograba escucharme por el bullicio de la gente. Empecé a acercarme y a cada paso, en la oscuridad de la noche, veía que la cabeza de mi sobrino reposaba sobre el hombro de mi hermano. Me imaginé que toda la pomposidad de la celebración lo aburría de sobre manera, tenía que animarlo.

Cuando llegué a su encuentro, pude darme cuenta que su estado de ánimo no se debía al aburrimiento; en sus ojos se reflejaba una absoluta tristeza. La verdadera felicidad no se encuentra en las cosas que uno puede conseguir, sino en lo que se consigue para los demás. En el momento en el cual observé que en el rostro de mi sobrino faltaba una sonrisa, la alegría de la noche se me vino abajo. Le pedí a mi hermano, quien estaba bastante distraído para saber lo que sucedía, que me diera un momento con Joaquín. Necesitaba conocer la razón por la cual se encontraba afligido, buscaría hacerlo sonreír como sea. Mi felicidad dependía de la suya. Estaba siendo egoísta.

No demoré en descubrir que yo era la causa de su tristeza. Era terco conmigo, rehuía a mi mirada e inteligentemente me decía que no escuchaba lo que yo preguntaba. Quise probar su astucia. Le ofrecí obsequiarle un auto de juguete si me contaba lo que sucedía. Su ética fue superior a mi propuesta, no soltó una sola palabra. Mi año nuevo no estaba iniciando de la forma que esperaba.

Caminaba de un lado a otro con mi sobrino, empezaba a desesperarme. Él se encontraba aferrado a mi cuello y su cabeza reposaba sobre mis hombros. Viéndome aprisionado a su silencio, apelé a mi memoria. Recorrí cada minuto de la noche para saber cuál era la causa de su tristeza. Yo preguntaba sobre las cosas que buenamente se me ocurrían, pero seguía sin obtener una respuesta. Lo último que logré recordar fue que su mirada se había concentrado largo rato en el hombre que lloraba. Le pregunté si esa era la causa de su tristeza. No respondió. Sin embargo, cuando yo hice la pregunta, él levantó su cabeza un par de segundos antes de dejarla caer nuevamente sobre mi hombro. Me aferré a su reflejo involuntario. Ya tenía un hilo del cual halar.

-Sé que estás triste por las lágrimas de aquel hombre -empecé diciendo- pero como te expliqué, lloraba de felicidad. -realmente no sabía si eso era cierto, y siendo sincero, tampoco causaba preocupación en mí.

-Eres un mentiroso. -lo dijo llorando, se sentía ofendido.

-¿Mentiroso yo?, -su declaración me sacó de contexto, no entendía nada.

-El señor no lloraba de alegría. -lo dijo molesto.

-¿Y por qué lloraba? -yo también empezaba a irritarme, mi celebración favorita estaba viéndose afectada por los sentimientos de un completo extraño.

-Nunca lo sabremos porque no te interesa la felicidad de los demás.

Fue un golpe bajo, no me gustaba que se ponga en entredicho mi altruismo. Lastimosamente, en esta ocasión, era cierto. No me preocupó en lo más mínimo saber que sucedía con aquel sujeto, lo único que yo deseaba aquella noche era pasarla bien.

-Lo que a mí me interesa es que tú, nuestra familia y mis allegados estén bien. No puedo velar todo el tiempo por el bienestar de otros.

-En navidad me mencionaste que nuestro deber como seres humanos es ayudar a nuestro prójimo. Hoy no lo estamos haciendo. -su mirada ya no era desafiante, estaba dudando de las palabras que le había ofrecido días atrás.

Segundo golpe bajo. Estaba recibiendo una lección de vida de un niño de seis años, una lección que yo mismo había dado. Hace un par de años, un buen amigo me decía que los niños eran los mejores filósofos del mundo, no se equivocó.

No podía seguir conversando con mi sobrino, las palabras sobraban, tenía una sola opción. Le advertí que estuviese atento, iríamos en la búsqueda del hombre que lloraba. Mi propuesta fue suficiente para recobrar su sonrisa, me abrazó con tanta fuerza que pude sentir como su corazón estaba acelerado por la emoción.

Transcurrieron más de cuarenta minutos y no teníamos rastro del sujeto. Mi hermano no dejaba de llamarme preocupado, le mencioné que estábamos en una importante misión. Se rio. Sospecho que se dio cuenta que yo estaba entregado a las órdenes de mi sobrino.

Mi ánimo empezó a decaer, la frustración de no encontrarlo me hacía sentir culpable. Pero Joaquín no se rendía, tenía una misión aquella noche y yo no podía fallarle. Lo encontramos lejos, en una banca, solitario.

En su rostro no quedaban rastros de las lágrimas de media noche, pero en sus ojos habitada la tristeza. Yo era el adulto, quien debía haber tomado una decisión. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo actuar, así que le pregunté al responsable de la situación.

-¿Qué hacemos Joaquín? -se lo pregunté como si fuese el general a cargo de una misión.

-Abrazarlo tío.

No titubeó para responder. En sus ojos había nuevamente luz y en sus labios se dibujaba una gran sonrisa.  Yo por mi parte estaba petrificado, tenía que cumplir con sus deseos, no podía decepcionarlo, aunque me costaba la idea de abrazar un extraño.

-¿Crees que eso sea correcto Joaquín?

-No lo creo tío -su respuesta me dio cierto alivio. Luego continuó… – también deberías llevar una copa para brindar por el año nuevo. He visto que todos hacen eso.

No debí preguntar. Busqué un par de copas y una botella de champán. Ahí estaba yo, guiado por un niño, dirigiéndome a un completo extraño para desearle feliz año.

No se percató de nuestra presencia sino hasta que mi sobrino le dijo fuertemente feliz año y luego se abalanzó sobre él para abrazarlo. No se asustó con aquella intervención. Solamente cerró sus ojos y las lágrimas volvieron a cubrir su rostro. Yo también lloraba.

Hablamos brevemente de todo, expectativas, ilusiones y demás. En ningún momento preguntamos sobre la razón de su tristeza, él tampoco la mencionó. Al despedirnos, habíamos cambiando de vida, los tres. Sonreíamos con el corazón, nuestros ojos brillaban, parecía que estábamos viendo brillar las luces en el cielo.

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