Derechos desnaturalizados

Vamos a intentarlo nuevamente. Ibas camino a casa cuando ocurrió, ¿Correcto?

Con su cabeza realizó un ademán aceptando la pregunta. Pero estaba mintiendo. Era imposible recordar cualquier cosa antes de aquel suceso.

Continuemos, sugirió firmemente la voz interrogante. ¿Estás segura de tu afirmación? Aquella pregunta terminó por colmar sus nervios. Se levantó de la silla sin decir palabra alguna. Caminó por el entramado de cubículos y se dirigió a la salida. Escuchaba aún un hilo de voz de su interrogante, pero no se detuvo. No sería una estadística más para aquella farsa.

Se encontraba en el sexto piso, debería haber tomado el ascensor, pero no se sentía segura. Bajó rápidamente por las escaleras. Evitó cualquier contacto con las personas que se cruzaban en su camino. Una vez finalizado el largo trayecto, y antes de llegar a la puerta del gran edificio, encendió un cigarrillo. Una voz le recordó que era prohibido hacerlo. Ella, con furia en sus ojos le recordó que no debe meterse en asuntos ajenos.

Una vez fuera de aquel espantoso lugar, con el frío del invierno golpeando su espalda, se echó a caminar. No conocía muy bien el sitio, sabía que el edificio en el que se encontraba hace unos instantes había sido recientemente estrenado. El alcalde cortó la cinta del nuevo pabellón de la policía local. Esa misma policía acababa de cortar sus esperanzas de creer en la justicia.

Alzó su cabeza para observar la posición en la cual se encontraba el sol y así por lo menos, dirigirse en dirección a su hogar. Caminó varias cuadras en dirección opuesta, su alma sabía que en ese preciso momento no había lugar para ella en el hogar. ¿Qué le diría su padre? Seguramente que era su culpa. Porque claro, siempre es nuestra culpa, pensó.

Logró divisar un parque, en el mundo no existe mejor refugio que un parque. Antes de llegar buscó un lugar en el cual reabastecer su cigarrera, sabía que los fantasmas que la acompañaban deseaban fumar bastante para reprimir los agobios del día.

Una vez elegida la banca correcta en el parque, la cual debía estar lo suficientemente alejada de la multitud, pero también cerca de la misma por cualquier eventualidad, decidió encender otro cigarrillo.

Sus pensamientos la dirigían a un solo lugar, pero lo evitaba. Empezó a recordar el gusto que había tomado por los parques hace ya tantos años. Eran perfectos. Cientos de historias reunidas en un solo lugar y tal vez ninguna en común. O tal vez muchas en común. Pero nadie las compartía, cada quien las vivía a su manera. Dos niños de distintas sociedades jugando sin advertir que aquello era una estocada a este mundo tan elitista. Una pareja de ancianos tan harta de todo, que lo único que esperan es nada. El lobo solitario, la mamá primeriza, los eternos enamorados y el ejecutivo al borde del suicidio. Muchas historias tan comunes que ninguna se parece. Y aquí estoy yo, compartiendo mi historia con desconocidos que no van a escucharla. La historia de una deuda de otro que ahora la debo pagar yo.

Efectivamente ella iba camino a su casa, aunque ahora no lo recuerde. Había salido como acostumbraba a las trece horas más quince minutos. Disponía de dos horas para almorzar. Pero le gustaba caminar y eso le quitaba cincuenta minutos, treinta de ida y veinte de regreso. Siempre retornaba al apuro. Las malas costumbres también nos hacer ser quienes somos.

Conocía el camino de memoria, incluso conocía a la mayoría de transeúntes en su mismo horario. Con algunos tenía varios gestos de cortesía, después de todo, ya son años de compartir una misma rutina, por lo menos eso se deben. En cambio, con otros, los evita; los evita siempre. Excepto este día.

Segura de sí mismo. Valiente aquel día porque estaba decidida a serlo cada día de su vida. Empujada por una extraña sensación que vino a su cuerpo en esa mañana, decidió caminar por la acera sin desviar su camino en lo más mínimo.

En el portón del diario, como siempre, estaba parado el dueño. Con el típico cigarrillo en la mano, diciendo improperios a todas las mujeres que pasaban por ahí. Era intocable, un hombre de poder, por más infeliz que sea, tiene más derechos que el resto de seres humanos. La mayoría de mujeres lo conocían y evitaban pasar cerca suyo. Quienes no lo conocían lo suficiente, se llevaban consigo un abuso físico del señor, acompañado siempre de un improperio y de una risa burlona.

Los valientes que quisieron enfrentarlo y que en muchas ocasiones avanzaron a golpearlo, terminaron mal, con la justicia en su contra y con la misma risa burlona de siempre.

A paso firme se dirigía a enfrentarlo, no era una confrontación directa, si no tal solo un acto de libertad. Poder caminar por cualquier parte de la acera sin verse afectada física o psicológicamente no debería ser una lucha constante para nadie. Era tan ridículo para ella leer los diarios cuando decían “Un derecho más para ellas” “Nueva victoria del feminismo”. Vivimos en el siglo XXI y aún creen que no ser violentada es una victoria. Patanes. No deberían llamarse victorias aquellos sucesos, sino tan solo. Igualdad.

Estando ya a muy pocos metros de su objetivo, este se percató de su presencia y en sus ojos se podía visualizar que tenía todo un arsenal para descargar. Los improperios empezaron uno tras otro. Ella no bajaba la mirada. Mientras más cerca, más dolorosos eran los comentarios, pero estaba decidida a ignorarlo.

Pasó justo frente a él, se sentía victoriosa. Dio tres pasos más y en ese momento sintió como su mano se posaba en su trasero seguido de un “yo sé que te gusta”.

Sus ojos estallaron, a lo lejos se podía vislumbrar el fuego que la rabia había producido en ellos. Dio media vuelta y lo empujó.

Era un hombre pequeño, sucumbió ante el empujón. Estando en el piso ella se abalanzó sobre él y empezó a golpearlo con furia. Estaba descontrolada.

Algunas miradas alrededor de ella agradecían el acto, otras asustadas reprochaban aquello en una señorita. También estaban las que se compadecían, sabían que era ella la que terminaría mal parada en aquel asunto. No se equivocaron.

Fueron cerca de dos minutos de una dura batalla. Lo que la detuvo fue el cansancio. Se levantó y esperó que llegase la policía. Nunca regresó a ver como se encontraba su agresor, no lo merecía.

Fumó media cajetilla de cigarrillos en el parque. Ahora recordaba todo con claridad, se sentía orgullosa. En la jefatura de policía habían dicho que la misericordiosa víctima no iba a presentar cargos, pero querían saber la razón de su ataque. Cínicos, bien habían escuchado al inicio cuál era la razón, pero no moverían un dedo por ella.

Se levantó de la banca y empezó su camino a casa, estaba decidida a no pronunciar palabra alguna al respecto en el hogar. ¿y si preguntaban por la sangre en su ropa? Bueno, diría cualquier mentira que los interrogadores quisieran escuchar.

Al día siguiente llegó a la oficina con aires de grandeza, aunque era ella, para efectos legales, quien había atacado al hombre. Rápidamente se había expandido el rumor de su actuar y aunque nadie decía una sola palabra, veía en muchas miradas la cómplice felicitación por lo realizado.

A la hora del almuerzo repitió la ruta, si debía encontrarse nuevamente con su agresor, no dudaría en repetir el acto, a pesar de la advertencia de cárcel por parte de la policía.

A lo lejos, ella ya vio a su víctima, él no la divisó, tenía morados y muy cerrados ambos ojos. Mientras más se acercaba se sentía más confiada. El hombre tenía el cigarrillo en la mano como acostumbraba. Cuando se lo llevó a la boca ella divisó que le faltaban dos dientes y que sus labios estaban amoratados. A pocos pasos él sintió su presencia, no la podría olvidar nunca en su vida. De forma temblorosa dio un paso hacia atrás y dijo: “buenas tardes señorita”. Ella sonrió. Alejándose del sujeto pensó en las imperfecciones del ser humano. Ella no había ganado nada, solo tomó lo que le correspondía; sus derechos. Él en cambio, a pesar de los años en que actuó mal y se le recriminó su comportamiento, necesito la humillación para aceptar su error, o tal vez, para entender que su verdad no era la de todos.

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