Descubriendo el destino

Camilo jugaba como siempre en el pequeño patio que existe a la entrada de su casa, tenía exactamente siete canicas. Cada una de ellas tenía un nombre y un poder especial, pero por supuesto, siempre existe una favorita. La de él se llamaba vulcano, al igual que el dios del fuego en la mitología romana. Se había ganado ese nombre por su color rojo intenso.

Cuando vulcano estaba rodando hacia las demás canicas, una fuerte brisa primaveral cambió su destino, cayó en una pequeña canaleta que hizo que saliera por la puerta principal, la que daba a la calle. Camilo se desesperó, era su favorita, no la podía perder, se despreocupó de todas las demás y salió corriendo detrás de vulcano. Desobedeció las reglas al abandonar la casa sin compañía de un adulto.

Su hogar estaba ubicado en una pendiente, por lo cual vulcano iba rodando con gran fuerza y Camilo corría detrás, una pequeña lluvia los acompañaba, y un riachuelo se había formado en un costado de la calle. Ahora la canica ya no estaba rodando, sino que era llevaba con gran fuerza por el agua cuesta abajo; se estaba alejando demasiado.

Con lágrimas en los ojos, Camilo no desistía en alcanzar su canica, ya se había alejado bastante de casa, pero no la iba a perder. Corrió a toda prisa y poco a poco se iba acercando más a ella, la empinada cuesta estaba llegando a su fin y el agua perdía fuerza, ya casi estaba a su alcance.

De pronto las cosas cambiaron, una piedra se cruzó en el camino de la canica, el golpe que tuvo con ella hizo que se levantara por los aires; era la oportunidad de Camilo, se lanzó sobre la calzada, no tenía miedo a nada, solo quería rescatarla. Estiró su mano y la tomó, cuando ya estaba a salvo vulcano, Camilo vio que se dirigía directamente a un gran charco de agua que se había formado al final de la calle, cerró los ojos, dio un gran respiro y se zambulló.

El impacto contra el pavimento no le causó dolor, se levantó del charco de agua y se percató que únicamente estaba mojado y un poco sucio. Ahora si se preocupaba por lo que le dirían en casa, ¿cómo explicaría su estado?

Cuando iba a dar media vuelta para tomar el camino de regreso a casa, escuchó un fuerte ruido proveniente del suelo, observó el charco de agua y notó que provenía desde ahí, se puso en cuclillas para estar completamente seguro. Una luz resplandeciente cegó sus ojos haciendo que volteara su cabeza en otra dirección, nuevamente regresó a ver al charco y vio que la luz se mantenía pero con menos intensidad. En su mano izquierda estaba vulcano, no la soltaría por nada del mundo, así que abrió la mano derecha y la sumergió en el agua, tenía que descubrir de dónde provenía aquella luz.

Era un pequeño charco en una calle, pero todo su brazo ingresó en él; con la ayuda de su palma empezó a tocar el fondo, buscando la luz, lo único que sintió fue un montón de piedras, las tomó y retiró su brazo del agua. Se dirigió a la vereda con las piedras y observó que la luz del charco desapareció, de hecho, el agua empezó a desvanecerse y definitivamente no había un hueco en el que pudiera caber su brazo entero.

Guardó a vulcano en el bolsillo de su pantalón y puso las piedras sobre la vereda; tan solo eran tres y estaban recubiertas de lodo, optó por limpiarlas con el agua que aún venía de la pendiente.

Cuando empezó con la primera piedra se sorprendió, debajo del lodo estaba una canica, era azul, muy azul y brillaba con gran intensidad, la guardaría junto a vulcano, definitivamente también era muy especial, así que tendría que ponerle un nombre. Siguió con las dos piedras restantes y la sorpresa fue igual, la una tenía un color marrón y la otra un tono entre blanco y gris; ambas brillaban.

Sacó de su bolsillo a vulcano y a la otra canica y las puso a todas en la palma de su mano, eran demasiado brillantes, una luz venía de su interior, incluso de vulcano, nunca antes la había visto de esa forma.

Necesitaba descubrir que era lo que estaba sucediendo, guardó las canicas en el bolsillo de su pantalón y empezó a subir la empinada cuesta de regreso a casa. Mientras caminaba, pensaba en la excusa que daría a su madre, ¿cómo explicaría su suciedad? Y peor aún, ¿cómo explicaría su ausencia?

Cuando llegó a casa su madre lo esperaba en la puerta, estaba histérica, las lágrimas de preocupación recorrían su rostro pero al verlo sano, lo único que cruzaba por su mente era un castigo. Lo primero que hizo fue enviarlo a bañarse, lo despojó de toda su ropa para lavarla e hizo que Camilo olvide sus canicas en el bolsillo del pantalón. Cuando éste se encontraba en el cuarto de baño ya había superado el miedo de ver a su madre tan furiosa y recordó las canicas; apresuró su baño, se cambió y se dirigió al cuarto de máquinas; su pantalón estaba en la lavadora, las canicas no saldrían bien de ahí.

Estaba saliendo del lugar y su madre se acercó a él, lo abrazó fuertemente y le pidió disculpas, pero quería hacerlo entender lo peligroso que resulta que un niño salga solo de casa; le dijo que encontró unas canicas en el pantalón y que las dejó en la mesilla de noche de su habitación, pero el castigo se mantuvo y le prohibió salir a jugar, debía ir a reflexionar en su habitación todo lo que había sucedido. Camilo accedió feliz, tendría tiempo suficiente para descubrir el enigma detrás de aquella luz.

Cuando llegó a la habitación las vio en el lugar que su madre dijo, pero había un pequeño problema: ya no brillaban. Las tomó a todas entre sus manos, esperando que la luz regrese a ellas, pero nada sucedió. La tristeza embargó su corazón.

Había tenido una tarde muy agitada, primero tuvo que hacer un esfuerzo físico muy grande para alcanzar a vulcano, luego para buscar las canicas y retornar a casa; además de eso, todas las emociones que su cuerpo había sentido en el día eran demasiadas, primero desesperación por la pérdida, luego emoción por encontrar aquellas canicas tan peculiares y por último decepción al darse cuenta que habían perdido su luz. Se tumbó en la cama y entregó sus pensamientos a Morfeo, necesitaba recomponer su espíritu.

Despertó de un solo golpe, levantó su cuerpo con tanta fuerza que parecía que iba a elevarse hasta el tumbado de la habitación. La razón fue un extremo calor que sintió en la mano, como si alguien hubiese puesto un carbón al rojo vivo en ella. Regresó a ver inmediatamente la causa de su dolor y ahí estaba, vulcano estaba radiante pegada a su mano, la luz había regresado.

Observó a la mesilla de noche y vio que las canicas no se encontraban ahí, pero una luz a sus espaldas hizo que se volteara inmediatamente; estaban justo detrás de él, esperándolo, brillaban con más fuerza que en la tarde, no sabía que hacer o qué decir. Lentamente se fue acercando hacia ellas pero no permitían que las alcanzase, esquivaban sus manos. Fueron varios minutos intentando hasta que se dio por vencido, era imposible atraparlas, no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Se tumbó nuevamente sobre su cama y posó su cabeza sobre la almohada para intentar comprender que sucedía.

Miraba fijamente a su mano, retiró la canica con precaución y esta no presentó objeción ante eso, se dejaba guiar. El quemado que produjo vulcano en su palma tenía una figura particular, de hecho, era un gran dibujo, como el de una llama; aquella situación lo hizo sobresaltar, algo extraño estaba ocurriendo en su mundo, debía investigar. De un solo salto se incorporó y fue en busca de la computadora portátil de su padre; salió a hurtadillas de la habitación, no quería que su madre lo descubriese. Cuando llegó al estudio sintió algunos pasos a su espalda; sus intenciones de ser sigiloso habían sido infructuosas.

Cuando volteó para disculparse con su madre, se dio cuenta que no había nadie en el lugar; tan solo mucha luz… proveniente del suelo. Las cuatro canicas habían ido tras él, necesitaba ocultarlas; intentó nuevamente agarrarlas pero solo vulcano accedió, las otras fueron esquivas nuevamente. Ingresó rápidamente al estudio y cerró la puerta, las canicas ingresaron por debajo; Camilo se asustó y de un solo brinco estuvo en la silla más cercana; las canicas lo rodearon.

Necesitaba pensar con claridad, quería una respuesta y tal vez solo con la ayuda del internet lograría alcanzarla. Despacito fue descendiendo de la silla y las canicas le dieron un espacio para que pueda posar sus pies en el suelo: no querían hacerle daño. Fue hasta el escritorio, abrió el tercer cajón del lado izquierdo y tomó la computadora junto con el cargador; sería una larga investigación. Fue caminando despacio hasta la salida y era seguido con mucha cautela por las canicas; una vez en el pasillo tomó una apresurada carrera hacia su habitación y sus pequeñas compañeras imitaron el paso.

Esperó a que entren y cerró la puerta; dejó el computador sobre su cama e intento tomarlas nuevamente; no lo permitieron. Seguía sin entender, lo siguen por todo lado pero no dejan que él se acerque, necesitaba respuestas.

Se sentó en la cama con su espalda contra la pared, prendió el computador y empezó a navegar en tantas redes como fuera posible, buscaba y leía sin parar, pero nada le daba una respuesta; no sabía cómo explicar en los foros lo que le ocurría sin que fuera sinónimo de burlas; la desesperación se apoderaba de su cuerpo, no sabía qué hacer con aquellas extrañas canicas luminosas.

Su madre golpeó la puerta de la habitación, el tiempo había pasado y era hora de la cena; cuando empezó a caminar sintió como las canicas iban tras él, excepto vulcano que se encontraba en su bolsillo. ¿Y ahora qué hago con ellas? Pensó con desesperación Camilo, ¿Cómo evito que me sigan?

Tomó una bolsa de tela que su abuela había tejido para él y se las ofreció a las canicas como refugio, era su última esperanza. Una por una ingresaron, incluso vulcano saltó de su bolsillo para estar con el resto de sus compañeras. Tomó la bolsa del suelo, la amarró por la parte superior y la guardó. Salió de la habitación y se dirigió a cenar con sus padres.

Todo transcurría con normalidad, padre y madre hablaban de sus días y él escuchaba atentamente; en determinado momento su madre rompió el silencio y contó la travesura de Camilo, a raíz de eso empezaron una serie de regaños y recomendaciones de parte de ambos, pero sinceramente Camilo solo sonreía inmune ante las palabras, sus pensamientos ahora pertenecían a sus particulares canicas.

Una vez finalizada la cena, Camilo tendría que lavar todos los trastes solo, como castigo por su aventura de hoy; no presentó argumentos en contra y empezó rápidamente con su tarea.

Puso todos los trastes en el fregadero y procedió a abrir la llave de agua, inmediatamente hecho aquello sintió un cosquilleo en su pierna, junto al lugar donde se encontraban guardadas las canicas; metió la mano en el bolsillo y una de ellas salió de la bolsa sin que él la abriese; la sacó y vio que era la primera que había descubierto, la azul. La llevó hasta el agua para ver que sucedía.

El agua empezó a moverse de un lado hacia otro, como si alguien pudiese sujetarla al igual que una soga; puso la canica en su mano derecha y al igual que en la otra mano, sintió como se quemaba, en esta ocasión el dibujo realizado era una gota de agua. Llevó la canica al bolsillo y empezó a lavar los trastes. Cuando había terminado iba a cerrar la llave de agua, pero solo fue necesario su pensamiento para que eso ocurriera.

Ante lo que estaba ocurriendo, pensó en abrirla y el agua cayó nuevamente; su cabeza empezaba a comprender lo que sucedía, imaginó que el agua salpicaba hasta el otro lado de la habitación, justo hasta una planta que ahí había y efectivamente eso ocurrió, aunque claro, desparramándose por todo el lugar. Su emoción por lo sucedido llegaba hasta los cielos, tenía que regresar pronto a su habitación y descubrir de qué trataba.

Limpió todo el agua desparramada en la cocina, fue hasta donde sus padres, pidió disculpas por lo ocurrido aquel día y se despidió; no quería interrupciones en su habitación.

Tomó nuevamente el computador e inicio su investigación, las palabras de su búsqueda en esta ocasión fueron más claras: controlar el agua. La cantidad de información que logró recopilar era inmensa, fueron muchas horas de lectura, confusión, aburrimiento por momentos y en ciertas ocasiones, risas. Sin darse cuenta había amanecido, pronto tendría que prepararse para ir a la escuela y su búsqueda quedaría a medias. Decidió llevar consigo a sus pequeñas amigas, temía que si no estaban a su lado, pudieran irse.

Estuvo toda la mañana divagando entre sus nuevos conocimientos, ahora entendía que posiblemente cada una de esas canicas significara un elemento: la azul definitivamente era el agua, la roja sería el fuego, la marrón equivaldría a la tierra y por supuesto la blanca con tonos grises sería el aire. Si todo llegaba a coordinar, tenía que averiguar por qué habían llegado hasta él.

En el receso no salió con sus amigos, tenía que descubrir si se encontraba en lo correcto; fue al laboratorio de ciencias, sabía que a esa hora nadie estaría ahí. Tomó un poco de tierra que había en el lugar y envolvió la canica marrón.

El ardor llegó nuevamente, pero lo sentía mucho más fuerte, con rapidez se quitó el zapato de su pie izquierdo y avizoró en la planta del pie un dibujo similar a granos de arena; ya estaba comprendiendo de qué iba todo eso.

Salió al patio y lo único que pasó por su cabeza para descubrir el cuarto elemento era lanzar la canica al aire, lo hizo varias veces y no funcionó, tal vez se había equivocado con sus pensamientos.

Para acabar con las dudas, subió hasta un gran árbol que estaba en el límite de la escuela, ningún maestro lo podía ver porque eso traería consigo una sanción. Cuando llegó al lugar empezó a escalar cautelosamente, el árbol era viejo y sus ramas frágiles, debía tener cuidado. Cuando llegó a la copa del árbol soltó la canica; efectivamente sucedió, en su otro pie sintió el ardor que producían los elementos, ya no necesitaba ver para saber lo que estaba sucediendo.

La canica nunca cayó al suelo, quedó levitando en el aire. Lo que sucedía frente a sus ojos era sorprendente; se estiró un poco para alcanzarla y de repente la rama sobre la que estaba apoyado falló; inició una rápida caída, el golpe lo lastimaría mucho.

Cuando su rostro estuvo a cinco centímetros del suelo, ya con los ojos cerrados listos para el impacto, algo lo detuvo. Sintió unos brazos que lo acobijaban, estaba convencido que el maestro que lo rescató lo llevaría directamente a la oficina de la Directora y no tendría forma de explicar porque se encontraba en el lugar.

Sin embargo cuando abrió los ojos no había ningún maestro, no había nadie; era tan solo él y sus canicas. Se encontraba en el aire, levitando, como si fuera una especie de mago o algo por el estilo. La canica de aire empezó a descender mientras el intentaba posar sus pies en la tierra; estiró la mano, la tomó y regresó a clases. Si antes de llegar se encontraba confundido, ahora lo estaba mucho más. Entendía el poder detrás de todo ello, pero desconocía el por qué.

Cuando llegó la hora de salida de la escuela, evitó tomar el transporte escolar, corría el riesgo de que sus padres realmente se molestaran por aquello, pero sentía la inmensa necesidad de descubrir todos los poderes que aquellas pequeñas bolitas de cristal le daban.

Conocía bien el camino a casa, además no estaba muy lejos de ella, tendría mucho cuidado mientras le daba la oportunidad a sus pensamientos de buscar una respuesta a su nueva vida. El camino se estaba haciendo cada vez más tedioso, por más que intentaba encontrar respuesta a todo lo que había sucedido en su último día, no lo lograba.

Para facilitar las cosas, sacó las canicas de sus bolsillos y empezó a jugar con ellas en sus manos, brillaban mucho y en cada momento con mayor intensidad; se detuvo para observarlas fijamente, quería ver a través de ellas. En cada una pudo observar  un universo en su interior, parecían cientos de galaxias encerradas dentro del pequeño cristal, sus ojos alucinaban ante el espectáculo.

En el momento en que más concentrado estaba viendo sus canicas, estas empezaron a desvanecerse, se hicieron polvo y tenía la sensación que los restos de éstas se metieron entre los poros de sus manos porque desaparecieron por completo.

La tristeza lo embargó nuevamente, no entendía porque todo aquello había durado tan poco, seguramente será porque no entendió lo que significaba, se recriminó. Inició su camino de regreso a casa pero en esta ocasión su corazón ya no sentía la misma alegría y curiosidad inicial, sólo deseaba no volver a saber nada de canicas.

Cuando ya estaba a dos manzanas de su hogar, con sus pies arrastrándose por la acera, sin muchas ganas de nada, escuchó el sonido de carros de bomberos y ambulancias; apresuró su paso para descubrir que era lo que estaba ocurriendo. Cuando llegó al lugar, pudo observar que la casa de uno de sus vecinos estaba en llamas, todo estaba siendo destruido.

Quiso correr, ese fue su primer impulso, pero una fuerza ató sus pies a la tierra, quería llorar, pero las lágrimas habían desaparecido de sus ojos.

Cerró sus párpados y lo único que deseaba era que aquel fuego desapareciera, deseaba infinitamente que una nube se posara encima del hogar para que los pobres dueños no tuvieran que pasar por la tristeza de perderlo absolutamente todo. La gente alrededor empezó a gritar con algarabía, reían y aplaudían; Camilo abrió sus ojos y se encontró con una situación totalmente sorprendente, una nube sobre la casa en llamas estaba apagando el fuego. Todos decían que había sido un milagro, que el cielo se compadeció de los habitantes de ese hogar. Camilo por fin entendió qué significan las canicas y porque él había sido elegido para tenerlas. Ahora todo lo que debía hacer era responder a esos poderes con una gran responsabilidad.

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