Un sorbo de esperanza

Llegó nuevamente al lugar dónde encontraba su paz, aunque no había una regla que lo prohibía, tampoco estaba convencido de que fuera la mejor decisión. Eran cerca de trece kilómetros de conducción y varios centenares de metros caminando; la misma roca siempre esperaba por él, el mismo árbol siempre otorgaba aquella tenue sombra. El peligro era abismal, pero hace tiempo que el miedo no formaba parte de su vida.

En sus primeros días en Malaui hace ya más de cinco años, lo habían llevado hacia ese mismo lugar en una especie de recorrido turístico por la zona, en aquella época del año se podía observar como empezaba la migración de varias especies de animales en busca de las lluvias, utilizaban aquel valle para avanzar mientras los depredadores se posaban a sus alrededores, esperando saciar su hambre con algunos de los animales que iniciaban su éxodo anual. Ellos se ubicaban en el punto más alto del lugar, siempre con guías que advertirían cualquier riesgo que pudieran tener, la vista era impresionante, “este mundo me pertenece” fue su primer pensamiento, quería saltar al vacío, quería abrazar la tierra. La visita guiada no duró mucho tiempo, la cantidad de depredadores acechando el lugar no les permitía permanecer por más de veinte minutos. Regresaron a los vehículos pero él se prometió que volvería, algo en ese sitio lo había hecho encontrar nuevas emociones en su cuerpo, la chispa de la vida se había activado.

Ahora pensaba que su vida antes de Malaui estaba enfocada en cosas muy superficiales, se había dedicado seriamente al estudio y al culminar su carrera tenía planeado abrir un consultorio digno de alguien con su currículo, sin embargo, un café cambió su vida.

Un amigo suyo había regresado a la ciudad para asistir a la boda de la hermana, se lo hizo saber y le contó toda la experiencia vivida por él en otra parte de África, parecía un predicador, pero no de aquellos que intentan convencerte, sino de los que verdaderamente creen en lo que hacen. También era médico, uno muy bueno de hecho, pero su vida la estaba dedicando a ayudar a quienes de verdad lo necesitaban, era su grano de arena para este mundo tan convulsionado. Lo invitó a que lo piense, que intente ser parte del cambio aunque probablemente muy pocos lo agradezcan y lo reconozcan. Escuchó atentamente a su amigo, y a pesar de que jamás lo haría, prometió consultar al respecto.

Luego de ese café, y con la curiosidad en las venas como era su costumbre, se dirigió a casa y con la ayuda de su computadora empezó a navegar en la red para averiguar todo aquello que había escuchado en el restaurante.

Las lágrimas recorrían su rostro, la necesidad estaba a una búsqueda en la computadora, pero había decidido vendar sus ojos por mucho tiempo; sus manos podían ser útiles para algo más que acumular riquezas, la decisión estaba tomada, solo faltaba escoger el lugar en donde su vida empezaría a cambiar.

Malaui fue su decisión por cosa de la fortuna, vio que el lugar necesitaba ayuda y había una organización que en ese momento requería un médico en su especialidad, no lo pensó demasiado, y en menos de dos meses desde aquel café, él estaba instalándose en su nuevo hogar.

Los días pasaban en la ciudad, ayudaba cuanto podía, pero aun así se sentía inútil por momentos, sus ojos eras fieles testigos de una realidad a la que no estaba acostumbrado, había viajado varios miles de kilómetros hasta ahí para cumplir con un servicio que inicialmente creyó sería de corta duración, pero tenía tanto por hacer que no pensaba claudicar.

El primer golpe letal a sus buenas intenciones fue su primera muerte, un niño de cuatro años de edad, con un severo grado de deshidratación no sobrevivió a sus cuidados, se sentía un completo fracaso, tantos años estudiando para salvar vidas y no pudo hacerlo con la de un pequeño inocente víctima de una sociedad que se ha olvidado que existía.

Llegada la noche de aquel trágico día, y sin poder recomponerse aún, tomó sigilosamente uno de los vehículos de la organización e intuitivamente fue a parar en el mágico lugar que había conocido en un inicio al llegar a Malaui. Estaba desesperado y era consiente que estar en aquel lugar a esa hora era casi un suicidio; pero no le importaba, entregaría su vida en honor a la vida que no había logrado salvar. En un pequeña petaca había llevado un poco de whisky, aunque no gustaba del alcohol, aquel fuerte sabor lo ayudaba a borrar sus pensamientos, un sorbo era suficiente para calmar su espíritu hasta que la muerte llegara por él.

Pero sus intenciones fueron infructuosas, pasaron las horas y la muerte no llegó, lo único que aquella copa consiguió fue calmar su espíritu para que sus sentidos sean capaces de apreciar todo aquello que lo rodeaba; un enorme valle rodeado de escasa vegetación y cubierto por un manto de estrellas; una noche tan obscura pero iluminada tenuemente por una luna que estaba creciendo. La brisa recorría su cuerpo y lo abrazaba a pesar del pequeño frío que producía. El silencio era tan abismal, que sus pensamientos parecían tener voz propia en el lugar, como si alguien más se estuviera dirigiendo a él.

Esta misma voz de sus pensamientos lo obligó a levantarse del lugar para que regrese al campamento y le dijo:

Sí, tal vez has perdido una vida y probablemente pierda otras, ese es el riesgo que se corre cuando se intenta cambiar el mundo; pero así mismo son varias almas a las que les otorgaste una nueva oportunidad en este planeta y si corres el riesgo, serán muchas más. No puedes rendirte ahora, si dejas perder su alma, muchas vidas pagarán las consecuencias, tú eres el factor de cambio, tú decides. Han pasado cinco años desde su llegada y el ritual se mantiene, por cada vida que pierde, el arriesga la suya acudiendo al lugar con su infaltable petaca de whisky; medita sobre su lugar en el mundo, hace un homenaje a todas las personas que no logró salvar y se regocija por aquellas a las que les dio un nuevo respiro. Aunque cada vez sus viajes a su lugar de paz son menos frecuentes, espera vivir lo suficiente como para nunca tener que regresar.

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