Rencuentro con la verdad

Aún no amanece, son las cuatro de la mañana, pero sus párpados ya conocen que es momento de darle paso a la luz que emite la única vela del lugar, sus ojos sienten el ardor de la luz en la completa oscuridad. No tiene reloj, tampoco sabe de tiempos, pero conoce que el sol pronto aparecerá y el ganado debe ser ordeñado antes de que eso ocurra.

Toma su pantalón el cual solo llega hasta sus tobillos, esa es la tradición, sus canillas no conocen lo que significa el frío, se pone su kushma confeccionada por su hatun mama y encima de esta la ruwana que lo protegerá del intenso frío del páramo en la madrugada. Camina descalzo sobre el frío barro del suelo de su hogar hasta la cocina, toma la chicha de jora que su madre la dejó servida en un pozuelo para él y la acompaña con un walu que había sobrado del día anterior; su primera comida del día no puede demorar más de lo necesario.

Sale de casa, son cuatro paredes de barro mezclado con paja, el techo está cubierto de planchas de zinc, las cuales fueron regalo de unos visitantes extraños que compraron dos cabezas de ganado; los pilares que la sostienen son troncos de madera que en algún momento su tayta los cortó de grandes árboles del sector. La casa no tiene paredes interiores, las únicas divisiones que existen son telares que otorgan una mínima privacidad a los cinco habitantes de la misma; el baño se encuentra al exterior de la casa, el cual no es más que una fosa donde todos dejan sus desechos biológicos y, cuando está se llena, la cubren de tierra y realizan una fosa nueva en un lugar distinto.

Afuera esperan sus botas de caucho, la noche anterior cayó una gran lluvia, por lo cual tiene que vaciarlas de toda el agua acumulada que guardan. Aunque aprietan sus pies, no puede prescindir de ellas, pues lo protegen de las piedras y del agua acumulada por todo el camino; se las coloca y acelera el paso para alcanzar a su padre y realizar su tarea diaria.

José solo tiene siete años pero hace mucho tiempo que conoce lo que significa trabajar para sobrevivir.

Llegan al lugar donde pasta el ganado, a pesar de su edad y del tamaño de sus manos, maneja con gran destreza el arte de ordeñar; él se encarga de la mitad del ganado y su tayta se dedica a la otra mitad. Una vez culminada la tarea, aún con un poco de dificultad por el peso que tiene, amarra a su espalda un tanque con veinte litros de leche e inicia el regreso a casa.

El sol ya está apareciendo a lo lejos, llegan a la cocina y padre e hijo dejan junto a la leña lo recolectado; su madre sirve cinco tazas de la leche recién ordeñada y las pone alrededor de las walus hechas durante la ausencia de los hombres del hogar. Su pani, un año mejor que José, ya tiene puesto el uniforme de escuela, él termina rápidamente la comida y se dirige a cambiarse; le permiten que vaya con su pantalón incompleto y no lo obligan a cortarse la coleta, pero la camiseta y la chaqueta deben ser las que otorga la institución. Llega a la puerta de casa y recibe dos besos en su frente, uno de su padre y uno de su madre. Este día no era distinto a los demás, sin embargo su madre le hace un obsequio: cuelga en su cuello una chacana de arcilla pintada con colores blancos y negros; él no entiende nada pero agradece y se va.

Son cincuenta y cinco minutos de caminata cuesta abajo hacia la escuela, no tienen compañía que supervise su bienestar, pero tampoco los asechan los riesgos de la ciudad; llegan a las siete y sus compañeros ya están entrando a las aulas. Ellos se despiden y cada uno va al lugar que le corresponde.

José no entiende la razón de perder cinco días de su semana en ese lugar, no encuentra el sentido en todo lo que le enseñan, para su vida nada de lo aprendido es útil. Le hablan en español pero en su casa solo se habla kichwa, le enseñan a sumar, a restar y a escribir, pero lo que el necesita aprender es como utilizar el cuero de la vaca, como matar un pollo sin romperle las alas y aprender más usos para la tripa de borrego. Lo obligan a tener dos vidas, en la una le enseñan cosas que no necesita y en la otra hace cosas sobre las que no aprende. Sin embargo sus padres le exigen asistir.

Recuerda que hace algún tiempo llegaron señores especiales a su hogar, tenían vestimentas similares a las que usan los profesores en su escuela y de sus cuellos colgaban unas identificaciones con la fotografía de ellos mismos; amenazaron a sus padres (utilizando un mal kichwa) con quitarles a sus hijos sino cumplían con la obligación de enviarlos a la escuela. La abuela les dijo que aquellos hombres eran enviados de la naturaleza para castigarlos por no realizar el ritual de agradecimiento en la última cosecha; sus costumbres se estaban desvaneciendo.

El único momento que disfrutaba en la escuela era cuando llegaba el descanso, todos los niños se dirigían al patio y con una pelota de cuero que tenía rombos blancos y negros, que unos seres extraños les habían obsequiado, jugaban fútbol, deporte que los mismos seres les habían enseñado.

Estos hombres y mujeres que llegaron con las pelotas, también llevaron unas computadoras, eran aparatos que se los conectaban a la electricidad y producían imágenes en una pantalla. Los seres extraños eran muy altos, tenían el pelo amarillo, como si estuvieran enfermos y los ojos del color del agua, como los de los demonios en las historias de la abuela. Hablaban una lengua extraña, José recuerda que repetían siempre unas palabras ajenas a las suyas, él las escribió como las escuchaba para contarles en casa: “pur bois” (poor boys). Decir eso en su hogar le costó una reprimenda a base de agua helada y el azote en su washa con ortiga; el castigo borró de su memoria la blasfemia dicha por los ojos azules.

Justo al Chawpi puncha terminaban las clases en la escuela, inmediatamente salía en busca de su hermana para emprender el camino de regreso a casa. El tiempo que se hacían de regreso era mayor porque todo era cuesta arriba y ante tal situación, el paso era más ligero; sin embargo José disfrutaba mucho más esta caminata por dos razones: la primera porque ya no debía seguir escuchando a su yachachik, y la segunda porque al ir trepando el urku iba descubriendo poco a poco el mundo que habitaba, era una especie de juego para él. Aunque este era un ejercicio diario para su imaginación, sentía que siempre estaba descubriendo algo nuevo, podía ser una flor que no vio el día anterior o tal vez una piedra que rodó algunos metros para ahora pertenecer a un nuevo lugar; siempre encontraba una planta que empezaba su vida en este planeta; su mundo estaba cambiando y aquello lo emocionaba.

Ya faltaba poco para llegar a casa y recordó el obsequio de su madre, llevó la mano hacia su pecho y sintió un fuego abrazador en el mismo; sabía que algo nuevo estaba sucediendo, era emocionante, algo ocultaba el regalo, y aunque una parte de si temía descubrir que era, la emoción por hacerlo lo llevó a apresurar su paso y obligar a su hermana a seguirlo.

Cuando ingresaron a su hogar todo concurría de la misma forma que cada día, el cuadro era el mismo de siempre: mamá y abuela sentadas juntas, desgranando y apilando la cosecha del día. La madre se levantó de su lugar de trabajo mientras la abuela seguía pétrea en su tarea; sirvió la comida para los dos pequeños hambrientos y se dirigió nuevamente a su puesto de trabajo. Era un hogar de pocas palabras, nunca se preguntaban nada más allá de lo justamente necesario, las discusiones eran escasas, no había razones para pelear cuando todos cumplían con su deber. Las palabras que en ese hogar se pronunciaban eran las que se necesitaban y nada más. La mayor parte del tiempo la comunicación la hacían mediante gestos; las cejas, las manos, una mirada; para ellos, todo eso decía mucho más que las palabras; sabían respetar el silencio, era tan importante en su vida que si decidían acabar con él, debía ser por una muy buena razón.

Llegada las tres de la tarde, cuando el sol empezaba su carrera al ocaso, José recibió el llamado de su madre, fue hasta ella e iniciaron un largo y silencioso paseo a través del páramo.

Vivían en Lluzhapa y la caminata los había conducido al mejor lugar del pueblo. La vista desde ese punto era espectacular, estaban enclavados sobre los dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, podían sentir que con tal solo estirar la mano alcanzarían el cielo; las montañas que los rodeaban los protegían de los males de todo lo que estaba afuera de su poblado, el sol siempre los cobijaba e incluso el frío era bueno para ellos; sabían amar la vida aunque no entendían lo que eso significaba.

El nombre de su tierra significa algo parecido a “muchas luces” y según los habitantes del poblado, existen dos leyendas al respecto. La primera de ellas y en la que no concuerda ni José ni su familia hace referencia a las huecas que existen por todo el lugar y que siempre brillan en semana santa. La segunda leyenda, y la que comparte José es que su pueblo es de muchas luces porque están ubicados en un lugar estratégico desde el cual se pueden apreciar de forma perfecta los cuatro puntos cardinales.

La madre de José interrumpió las reflexiones de este y empezó su charla:

  • La chacana que hoy llevas colgando de tu cuello y que se posa perfectamente en el centro de tu pecho, será de hoy en adelante tu punto de conexión con el universo, cree en ella, confía en ella; usa su energía sabiamente, es la escalera que ayudará tu alma a traer el cielo a la tierra. Inti te guiará a través de ella, te ayudará a diferenciar lo bueno de lo malo, entenderás cuales son las energías positivas y también aquellas que son peligrosas; entenderás el tiempo y podrás diferenciar lo sencillo de lo complejo. Existirán días difíciles, días en los que será más sencillo creer en cualquier otra cosa antes que en tu espíritu, pero no claudiques, no permitas que tu alma se contamine. A veces tomarás decisiones equivocadas, pero eso también es parte del camino, no siempre acertaremos; solo confía en ti.

La madre de José tomo su mano y la besó; luego tomó la chacana la apretó fuertemente en su puño y dejó que una lágrima recorra su rostro, acto seguido dejó a José solo, debía reflexionar sobre su nuevo paso en la vida, necesitaba iniciar el proceso de conexión con el mundo, con su mundo.

Sus pensamientos se esfumaron por completo, se sentía como un recién nacido, no conocía nada de la vida; estaba sólo, sentado en el páramo con los cuatro puntos cardinales observándolo. Sus reflexiones empezaban a ser las de un hombre, pero tenía siete años. Tomó el camino de regreso a casa, pero esta vez ya no jugaba a descubrir el mundo, sino que lo estaba entendiendo.

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