Enigmas Imprescindibles

Mi abuelo me había llenado la cabeza de muchas historias, siempre alardeaba sobre su pequeña amistad con el escritor de “Un hombre muerto a puntapiés”, también me había dicho que, en la ciudad de ese hombre, dos de cada tres personas eran artistas, un promedio bastante halagador para ese pequeño rincón del mundo al cual mi abuelo tanto amaba.

Guiado en parte por las fantásticas historias de mi abuelo, como también por esa pasión que había despertado en mi la lectura, empecé una batalla diaria por cumplir mis sueños de ser un gran artista, ser ese alguien que mi abuelo en alguna ocasión también soñó. Sin embargo, después de los continuos fracasos en mi constante búsqueda de cumplir mis sueños, me encontré también con la muerte de mi abuelo y una simple carta como herencia.

Querido, te has de preguntar porque te dejo tan poca cosa, después de tanto tiempo que hemos compartido, tantas historias y sobre todo muchos sueños, pues bueno, no espero que me comprendas, pero si te animas a creer en mí por última vez, te dejo esta dirección, búscala en la ciudad de nuestros sueños.

Barrio San Sebastián, Calle Alonso de Mercadillo y Bernardo Valdivieso 18 -92.

Con amor,

Tu abuelo.

Definitivamente era aún menos de lo que hubiese esperado de él, una carta con una dirección resultaba insultante, ¿me creía aventurero? Pues se había equivocado, era mediados de los años ochenta, el mundo no daba abasto para más aventureros. Guardé la carta con rabia para recordarme el daño que me había hecho mi propia sangre, bien dicen que la esperanza es el peor de los males y vaya la esperanza que me dio durante todos estos años.

Un año había pasado después del entierro, no asistí a la misa organizada por ti, aún no era merecedor de mi perdón y sé muy bien que tu lo habías perdonado por el daño que me había hecho, pero obviamente no le podías fallar a la iglesia.

Ese mismo día fui ido al parque favorito de mi abuelo, a pesar de la decepción no podía dejar de extrañarlo, ese viejo tenía sus ideas y las hacía vivir como nadie más, lastimosamente nunca tuvo el valor de escribirlas e intentó transferir sus deseos hacia mí; que irónico, un cobarde que no tuvo el valor para cumplir sus sueños le pidió a otro cobarde que los cumpla por él.

Mientras mi mente escapaba de todas aquellas tribulaciones que hervían la sangre que recorría mis venas, apareciste repentinamente, tu rostro no mostraba simpatía, algo también te perturbaba. Tus palabras fueron cortas y punzantes, te diré que me lastimaste mucho en aquel momento, pese a eso, no puse objeción alguna, la decisión estaba tomada. Me diste un sobre con más dinero del que podía gastar durante tres meses, dijiste que sería suficiente para llegar al lugar de destino, también trajiste mi pequeña maleta con las pocas cosas que me pertenecían y un pasaje de salida para aquella misma noche, calculaste cada detalle y no permitiste un solo error, felicitaciones.

 Ya en el bus que luego de algunas horas me haría cruzar la frontera, tus palabras mantenían un fuerte eco en mi cabeza –Descubre que oculta esa dirección, acaba con este descontento familiar-, ¿Por qué tenía que ser yo? Aún era joven, hace no mucho tiempo había alcanzado los veintidós años, estaban botando al traste toda mi vida y todo por culpa de mi abuelo, que manera de seguir jodiendo aún después de muerto, pensé.

Ya en la capital bajé del bus, comí algo ligero y tomé nuevamente otro bus que me llevaría a mi destino, aún faltaban cerca de dieciséis horas más de viaje, esto podía ser todo, menos justo.

Aunque lo intentaba desesperadamente, no lograba entenderte, tanta frialdad al despedirse, diez palabras fueron suficientes para decirle adiós a tu único hijo, esperaba que la conciencia por lo menos hiciera algún estrago en tu diario vivir; pero te conozco tanto que sabía que eso no sucedería, siempre estás segura de tus decisiones.

Después de tantas horas sin dormir y con mi mente recorriendo círculos vacíos de respuestas, llegué a la ciudad causante de todas mis penurias, descendí del viejo bus que me había llevado hasta el lugar e inmediatamente empecé a sentir rabia por todo lo que me rodeaba, no quería gastar mucho tiempo aquí, cumpliría con la misión que me encomendaste y con irónica alegría regresaría a tu lado para darte las respuestas que buscabas.

 En primer lugar, caminé sin rumbo fijo, no quería tener contacto con persona alguna, estaba seguro que con todas las anécdotas contadas por mi abuelo podría guiarme sin mayores problemas. Busqué el río del cual tanto hablaba siempre y empecé a caminar en contra de la corriente, sabría que por lo menos de esa forma llegaría al barrio, después solo sería cuestión de leer los nombres de las calles y buscar la numeración, tenía toda la determinación del mundo para cumplir con mi empresa.

El clima tan particular de la ciudad hacía que el odio hacia mi abuelo aumente, también tuvo razón cuando me contó sobre esto, nada se puede predecir aquí. Había un sol canicular que me invitaba a la deshidratación, pero al mismo tiempo una ligera llovizna acompañaba mi caminar a la cual también se sumaban unas fuertes ventiscas. Era ridículo, no podía concebir que una misma ciudad cuente con tres climas distintos al mismo tiempo; faltaría tan solo la nieve para completar las cuatro estaciones, pensé en ese momento y reí por primera vez desde su muerte.

Después de un par de kilómetros de caminata rodeada en su mayoría de pura soledad, aunque con constantes intercambios de sonrisas con lugareños que seguramente sabían que era un visitante, llegué a otro punto de quiebre en esta infame aventura jamás programada. El famoso río del que mi abuelo tanto me hablaba se partía en dos y cada uno tomaba rumbos distintos, tuve que elegir sabiamente, mi orgullo estaba tan herido desde que inicié el viaje que no me permitía preguntar, de hecho, ni siquiera podía atreverme a dudar.

Mi instinto me dijo claramente que siga la vertiente que iba hacia la izquierda, pero como ese mismo instinto me dijo que crea en todas las palabras de mi abuelo, decidí hacer lo contrario, tomé el río que se formaba en dirección opuesta.

Confiado en lo que había hecho, comencé a caminar a paso firme, seguro de que pronto llegaría al famoso barrio del abuelo. Veía muchas casas y más personas, estaba convencido que había llegado al centro de la ciudad, en aquel momento pensé que solo era cuestión de minutos para empezarme a ubicar y lo mejor de todo, no necesité de nadie.

En ningún momento me desprendí del sendero del río, no debía perderlo de vista tal como recomendaba el abuelo, pero de pronto la ciudad empezó a desolarse, las casas eran menos abundantes y la noche empezaba a hacerse presente, habría sido buena idea pedir ayuda a cualquier persona, pero no lo hice.

Totalmente desconsolado decidí cambiar mi rumbo, dejar de lado el río y asomarme más hacia las luces que empezaban a manifestarse a lo lejos, caminé durante un largo trecho y nuevamente regresé a la ciudad. Las personas caminaban con total parsimonia por el lugar, como que nada, absolutamente nada les inquietase, sonreían ligeramente, ante todo, aunque algunas otras, parecían mostrarse muy molestas, o muy tristes o totalmente absortas. En ese momento caí en cuenta que aquello no me había contado el abuelo, las personas en esta ciudad llevan tan pegado el arte en sus venas que todos parecen salidos de una obra de teatro, expresando sus emociones al máximo. Empezó a gustarme el lugar.

Estaba exhausto, además no había comido nada desde la noche anterior, empecé a buscar un lugar donde pudiera hacerlo para luego ir en búsqueda de un hotel. Planee al día siguiente día culminar la tarea que no me fue posible hacerla aquel día.

Cerca de la iglesia más imponente de todas las que había visto durante mi caminata, encontré un restaurante donde servían algo llamado repe, no tuve tiempo para cuestionar la procedencia del mismo, mi estómago decidió por mi cerebro; pedí el repe.

Con bastante miedo di el primer sorbo de aquella sopa espesa, el resto definitivamente es historia; acabé rápidamente con el primer plato de aquella tan especial comida y procedí a pedir uno más ante el asombro de la persona que atendía el lugar. Cuando me hallaba degustando el segundo plato ya con más calma, ingresaron tres personas al lugar, venían armados de varios instrumentos musicales; un charango, una guitarra y un requinto, dieron un breve saludo a todos los comensales y empezaron a entonar canciones propias del país.

No podía creer el recital que estaba presenciando, era imposible que aquellas personas no fueran más que tres músicos callejeros, en otras partes del mundo voces menos virtuosas tienen mayor cotización, ellos seguramente tan solo buscaban unas monedas para continuar bebiendo más del licor que hacían recorrer de una mano a otra y que tenía un fuerte olor a caña de azúcar.

Para finalizar el recital y luego de haber pedido la colaboración del público, a la cual me sumé con total agrado, empezaron a entonar una canción que hasta ese entonces era desconocida para mí, la letra iba algo así: Cuando de nuestro amor la llama apasionada, dentro tu pecho amante contemple ya extinguida, ya que solo por ti la vida me es amada, el día en que me faltes, me arrancaré la vida…”

Era poesía hecha canción, mi corazón no lo entendió a la primera y su única respuesta fue dejar caer lágrimas de mis ojos, uno de los músicos observo el pequeño espectáculo que yo ofrecía, se apiadó de mí y muy cortésmente me dijo que no me deje vencer por el amor, acto seguido me ofreció un poco de su bebida; un trago dulce pero fuerte recorrió mi garganta para luego incendiar mi estómago, el músico rió y se despidió diciendo que con ello le podría cantar más claro a la vida.

Abandoné el lugar totalmente satisfecho, la comida resultó económica, la música improvisada fue exquisitamente agradable y el trago hizo que las esperanzas sobre esta ciudad nazcan nuevamente, tal como las historias de mi abuelo. Fui al parque que se encontraba frente a la imponente iglesia para intentar poner en orden las ideas y al día siguiente, con menos miedo, emprender la búsqueda de la dirección.

Nunca supe en que momento quedé dormido, seguramente el cansancio fue mayor y no tuve tiempo de pensar nada después de haberme sentado en esa banca. Desperté con energías hasta que me di cuenta que me encontraba en la banca de un parque con un sujeto sentado a mi lado y observándome pacíficamente. Quise salir corriendo, pero me detuvo con su mano, te vas a olvidar tu maleta si corres, me dijo mientras sonreía, regresé a ver y él la tenía entre sus brazos, me la entregó y me sugirió que la próxima vez tenga cuidado, que no siempre podría cuidarme. Se despidió amablemente y desapareció del lugar. Me senté para ver que todo estuviera en orden y efectivamente así fue, nada faltaba. Esa ciudad empezaba a gustarme más de lo que hubiese imaginado.

Empecé a caminar con energía, no me sentía así desde la última charla que mantuve con mi abuelo antes de su deceso, ahora era mi deber averiguar su enigmática herencia y estaba decidido a realizarlo ese mismo día, no podía dejar transcurrir más tiempo.

Ya sin la intención de mantener un vago orgullo que de nada me servía, empecé a preguntar a cuantas personas podía sobre la ubicación que buscaba, todos sonreían amablemente como si cada uno de ellos confabulara en el sueño de mi abuelo de verme en ese lugar.

Llegué al lugar especificado en la carta, pero no existía la numeración que se mencionaba, de hecho, no había numeración alguna en toda la ciudad. La energía inicial desapareció de golpe y la rabia regresó a mí con toda la fuerza, rompí la carta en cientos de pedazos pretendiendo de esa forma aliviar el dolor. Pensé en las palabras tan cotidianas de mi padre, –tu abuelo está loco- en ese momento creía que siempre tuvo toda la razón, el solo quiso jugarme una broma más. Deseaba que tu padre estuviera pudriéndose en ese infierno al que tanto le temía y que tus misas nada pudieran hacer por él.

Me senté en la vereda exhausto, necesitaba superar el agotamiento emocional que todo ese viaje me había causado, tendría que regresar a casa y darles una noticia que a nadie agradaría, pero tampoco sorprendería: el abuelo se sigue riendo de nosotros.

Detrás de mí había una despensa, dejé mis cosas en la calle con la confianza de que por lo menos en ese lugar nadie me robaría, compré un refresco y un par de cigarrillos, necesitaba despejar la mente. Cuando volví a mi lugar en la vereda empecé a planear el viaje de retorno, fumé los dos cigarrillos y decidí hacerlo al día siguiente, por lo menos aquello haría demorar las malas noticias en el hogar. Mientras tanto tenía que buscar un lugar donde hospedarme aquella noche, no correría el riesgo de pasar un día más a la intemperie a pesar de la experiencia positiva del día anterior, además necesitaba un baño y una cama decente en la cual descansar. Regresé a la despensa para saber si me podían sugerir algún lugar; efectivamente la pareja de ancianos que la atendían me dijeron que justo en frente de ellos existía una pensión en la cual no gastaría mucho dinero y podría pasar la noche con tranquilidad. Me despedí con gratitud de los propietarios de la despensa y prometí regresar después de unas horas por otro cigarrillo; dijeron que esperarían por mí.

Golpeé varias veces en la puerta indicada y por un momento creí que nuevamente había sido engañado, tal vez era costumbre de la ciudad las bromas pesadas, sin embargo, a lo lejos escuché una voz que pedía paciencia; me arrepentí de mis pensamientos iniciales.

Una mujer con bastantes arrugas en su rostro, pero con una mirada juvenil abrió el portón, sonrió y me preguntó en que me podía ayudar, le dije mis pretensiones de quedarme tan solo por una noche y al parecer no fue de su agrado, imaginé que no era muy rentable para ella acomodar a una persona a tan bajo costo por una noche. Efectivamente me dijo que ella ofrecía vivienda para periodos más largos, que intentase quedarme por lo menos una semana. Rehusé tan amable propuesta con serenidad, no quería saber más de esa ciudad. Ella me dijo que si en verdad era para mí muy necesario me podría dar espacio en su hogar por aquella noche y a un costo aún menor; acepté amargamente, no estaba con ánimos suficientes como para seguir buscando, después de todo tan solo sería una noche.

Ingresamos al lugar y era más grande de lo que parecía desde el exterior, un inmenso patio nos daba la bienvenida y a su alrededor se extendían varias puertas, imaginé que cada una de ellas conducía a un apartamento. Un señor muy bien vestido salió de una de ellas y saludó amablemente con ambos, dio un beso en la mejilla a la mujer y le comunicó que no volvería sino hasta dentro de tres semanas.

Ella me manifestó que era un músico reconocido de la localidad y que en ese momento emprendía un viaje al exterior para hacer conocer su música. Me lamenté no haber sido más atento, pude haber obtenido un autógrafo de un desconocido, aunque sea para aumentar mi vanidad. Llegamos a su hogar, pero antes de entrar me solicitó decir mi nombre, no quería hospedar a un fantasma.

Me llamo Benjamín Martínez, fue todo lo que dije. En ese momento de sus ojos nació una luz, sonrió y me dijo: creo que tengo un mejor lugar para ti.

Caminamos por un pasillo hasta llegar a un segundo patio aún más impresionante que el primero, jardines llenos de flores nunca antes vistas lo adornaban y una pequeña fuente de agua en el centro daba un sonido delicado a todo el lugar. Subimos por unas escaleras que estaban a un costado del pasillo y caminamos por otro pasillo que daba al majestuoso patio. Nos detuvimos súbitamente.

Esta es tu habitación.

No estaba loco, no me había engañado, los números en la puerta eran reales: 18 – 92, la dirección de la carta existía, alcé mi mirada al cielo y agradecí al abuelo. Me arrepentí de mis anteriores pensamientos, ya no deseaba verlo en el infierno.

La señora me entregó unas llaves que sacó de su largo delantal y me dijo ese lugar me pertenecía, que lo aprovechase, acto seguido desapareció. Pensé que las personas de esa ciudad tenían una capacidad extraordinaria para desvanecerse sin dejar rastro.

Abrí la puerta y me encontré con un espacio completamente equipado para hacer una gran vida, no me costó mucho entender que había pertenecido al abuelo, empecé a recorrerlo y me sorprendió su amplitud y sobre todo la limpieza, parece que hubiese estado esperando detenido en el tiempo a que yo llegué, enclavado en un rincón de aquella pequeña y enigmática ciudad. Sobre un escritorio que daba a un patio posterior lleno de árboles frutales reposaba un sobre, no tenía destinatario, pero obviamente supe a quién pertenecía.

Lo abrí y era la tan conocida letra de mi abuelo, antes de siquiera empezar a leer las lágrimas brotaban de mis ojos, algo hacía que lo sintiera cerca, como en los primeros años de las historias mágicas que me contaba, nuevamente agradecí por lo que sea que fuese a ocurrir.

         Querido Benjamín:

En primer lugar, déjame felicitarte, no sé cuánto tiempo te tomó llegar hasta aquí, ni los motivos que te trajeron, pero me es grato saber que lo hiciste. Seguramente ante mi fallecimiento quedaste estupefacto por la gran herencia que recibiste de mi parte, te entiendo, pero entiéndeme a mí, necesitaba que rompas un par de cadenas antes de recibir el resto.

Ahora que estás aquí déjame otorgarte lo que realmente te pertenece, junto a esta carta se encuentra una pluma, fue mía y en algún momento le perteneció a Pablo Palacio, te dije que lo conocía. Con ella empieza a construir tus sueños, no temas, siempre supe que tú lo podrías hacer.

Por cierto, todo este lugar es tuyo, además cuentas con una pensión que te ayudará a vivir tranquilamente sin necesidad de preocuparte por otra cosa más que no sea escribir. Cualquier duda que tengas puedes consultarle a Doña Matilde, la mujer que te trajo hasta aquí.

Con amor,

Tu abuelo.

Tomé la pluma y empecé a narrar esta historia para ti mamá, el descontento familiar terminó. En este momento voy a preguntarle a doña Matilde todo lo que sepa de mi abuelo, no quiero perder más tiempo, pronto te haré saber más cosas sobre él y ésta enigmática ciudad.

Con mucho amor, Benjamín.

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