Desempolvar los sueños

…Y bueno, intentando volver.

Hace algún tiempo empecé a considerar esto de la escritura de una forma un poco más formal y por esta razón decidí iniciar este blog; sin embargo, como es costumbre, el tiempo fue derribando las pocas letras que podía escribir, y claro, no era una cuestión de ganas, porque las ganas siempre están y estoy agradecido por eso, a mi parecer, viéndolo ahora que ha transcurrido algún tiempo, era cuestión de decisión.

Porque sí, porque podemos tener ganas pero si no tomamos decisiones es como si nada existiera. Todo lo acontecido en los últimos meses me lleva a este momento, a querer compartir un poco de mí y empezar, tal como dice el título, a desempolvar los sueños…

Seguidor acérrimo de Facundo Cabral, el día que me enteré de su muerte me conmocionó mucho, no soy de fanatismos, pero hasta ese momento él con sus letras me había otorgado cierto criterio, podría decir que formaba parte de lo que era y de lo que intento ser. Llevaba apenas unos minutos despierto y mi querida madre, lo recuerdo claramente, me dijo: “lo mataron a Facundo Cabral”. Me molesté mucho, era como si me estuvieran ofendiendo, le dije básicamente que no era verdad, que debía contrastar la información… corrí al computador para poder desmentir la noticia, no lo pude hacer, Facundo había muerto.

Han pasado un poco más de seis años desde aquel día, y aunque nunca me dejé afectar por su muerte (me parece extraño hacerlo por un desconocido), si me prometí ser más fiel a algunas cosas que él decía, no todas, obviamente discrepo de algunas y es así como evito el fanatismo; es más una cuestión de respeto por cosas que me hubiese encantado decirlas yo, pero que, lastimosamente, tan solo puedo citarlas.

Utilizo como preámbulo la historia de Facundo porque hay una frase de él que considero una máxima de vida: “…la vida es como es, no como debería ser”.

Cuando la repito muchas veces suena un tanto mediocre, sin embargo, intento comprenderla un poco más para darle sentido, después de todo, cada ser humano le da sentido a las cosas a su gusto, eso nos hace diversos y al mismo tiempo especiales… que aburrido fuera este mundo si todos camináramos por el mismo sendero.

Sigamos, vamos al punto neurálgico de este post: los sueños.

Vivimos en un mundo lleno de paradigmas e instrucciones, nacemos y ya tenemos un molde. Molde que ha venido transformándose de generación en generación y que muchas veces resulta casi imposible romper, siempre presenta modificaciones, es cierto, pero ver una completa metamorfosis es casi imposible.

En el colegio tenía un compañero al cual considero sumamente inteligente, capaz de ser bueno en lo que quisiera. Éramos jóvenes, teníamos aproximadamente catorce años y conversábamos acerca de los sueños; me dijo que quería ser paleontólogo, lo animé a que luche por eso, su respuesta fue una mezcla de sarcasmo y tristeza: “¿Quieres que muera de hambre?”

No tengo más contacto con él, pero sé que le va bastante bien en la vida, o mejor dicho, la sociedad aprueba su estilo de vida, no puedo definir a ciencia cierta qué tan bueno resulta eso. No estoy seguro de que haya cumplido su sueño, pero me quedo con la imagen de un chico de catorce años pensando que no va a triunfar siguiendo sus sueños… En resumen, ese es el resultado de nuestra sociedad, crear gente útil, no gente feliz. El mismo Cabral refiriéndose a su madre sabía decir que nunca fue muy inteligente, porque siempre que ella iba a aprender algo nuevo venía la felicidad y la distraía.

Ahora sí intentaré concretar, me quedé con aquel tema de los paradigmas, que según una de las definiciones del diccionario de la RAE es: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. En otras palabras, un paradigma es un modelo digno de seguir.

Entonces, tenemos muchos modelos “dignos” de seguir en nuestra vida: Naces, entras al jardín, vas a la escuela, vas al colegio, vas a la universidad, estudias una maestría, estudias un doctorado y mueres. Bueno, tampoco hay que ser tan sarcásticos, antes de morir vas a tener que trabajar mucho y después de trabajar mucho vas a tener una vejez decente (tal vez).

No tengo problema con el hecho de que la gente desee seguir preparándose, es bueno, es necesario, muchos de ellos hacen de este mundo algo mejor. Pero lo que si me preocupa es la gente que nunca lo quiso hacer, pero que le tocó y ahora no puede salir de esa burbuja. Mi generación tiene un tema de conversación muy común: “¿Vas a hacer la maestría?”, “La maestría es básica”, “Ahora una maestría es como antes tener un título universitario”.

¿Y esto qué genera? Sí, efectivamente, frustración. No hago una recopilación de datos, no me dedico a eso, pero estoy muy seguro que más de las tres cuartas partes de las personas que conozco que estudian lo hacen “porque deben hacerlo”… Se olvidaron de lo que quieren, de sus sueños.

Mi máxima de vida va acompañada de todo este texto: “No encuentras la felicidad y… ¡es tan fácil! Sólo debes escuchar a tu corazón, antes de que intervenga  tu  cabeza,  que  está  condicionada  por  la  memoria,  que  complica  todo  con  cosas  viejas, con  órdenes  del  pasado,  con  prejuicios  que  enferman  y  encadenan.  La  cabeza  divide,  es  decir, empobrece. La cabeza no acepta que la vida es como es, no como debería ser. Haz sólo lo que amas y serás feliz. El que hace lo que ama, está bendito y condenado al éxito, que deberá llegar cuando deba.  Lo  que  debe  ser  será,  y  llegará  naturalmente.”

Sí, un poco cursi, pero me lo creí y vale la pena cada día. Y es así como estoy desempolvando los sueños, volviendo a este lugar a decir un poco de todo lo que pienso, a romper cadenas y abandonar los miedos. Regresé porque creo que es posible y porque estoy seguro de que no soy el único. Porque todo importa, porque somos más que un título, un reconocimiento, un nombre o una imagen. Porque tres metros bajo tierra lo único que nos puede inmortalizar es lo que fuimos, lo que hicimos, no el título en la pared, no la calificación perfecta, no la fiesta o la borrachera, no la foto en Instagram. Porque creo que podemos ser mejores, porque quiero ser mejor.

¿Tengo miedo? ¿Me gana la sociedad? Sí, muchas veces, pero es hora de romper el molde. ¿Por qué escribo? Por la misma razón que otros cantan, bailan, estudian, investigan, etc… porque me da vida, porque me invita a despertarme cada día.

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