El Derecho a Sobrevivir

11h35 am, 16 de diciembre; Loja, Ecuador. Caminaba deprisa como es costumbre cuando se tiene más de una ocupación que atender, llevaba un poco más de un mes desempeñando un cargo en una oficina jurídica, efectivamente, tenía trabajo, no recibía remuneración alguna, pero por lo menos había encontrado la forma de sacar mis pies de la casa.

A pesar de lo afortunado que me pudiese sentir, ésta situación no se refleja en mi país. La información de la situación económica y laboral en Ecuador la emiten dos fuentes muy distintas, la primera de ellas la oficialista, la que el Gobierno maneja y con la cual no envidiaríamos a Finlandia. La segunda, y mucho más real, es la fuente que emana del pueblo, la de nosotros los simples mortales, los que sabemos que se debe luchar por encontrar trabajo, los que por menos de lo vital arriesgamos todo; esa es nuestra verdad. En mi país el derecho al trabajo es igual al minotauro: se escucha hablar de él, se lee acerca de él, pero hasta el momento no se comprueba su existencia.

Un semáforo detuvo mi caminata, la luz verde daba paso a los vehículos, yo esperaba la luz roja para poder cruzar, mientras tanto frente a mí, al otro lado de la calle, una persona de raza negra esperaba al igual que yo… ambos teníamos motivaciones distintas.

Una vez que el semáforo cumplió su cometido y declaró el alto a todos los vehículos que venían, ambos arrancamos nuestra marcha; yo me encaminaba a través del paso cebra, él con una botella en un mano y un trapo en la otra se dirigió hacia los vehículos. Uno a uno fue ofreciendo su servicio como limpiaparabrisas, uno por uno fue rechazado. Quedé como fiel espectador de lo que sucedía, no sé por qué lo había hecho, pero ahí estaba, observando a mi sociedad.

Después de varias malas caras, rechazos con exceso de agresividad y por supuesto, ni una sola moneda en su mano, regresó a su punto de partida, seguramente preparándose para una nueva tanda.

En mi cabeza no transcurrían muchas ideas, estaba atónito por el comportamiento de todas las personas a quienes el servicio fue ofrecido -está intentando ganarse la vida honradamente- pensé. Quién sabe si alguna vez fui yo el que de mala gana se resistió a la limpieza del vidrio, ¿reconocería mi rostro?

Mientras él caminaba hacia mí atiné a decirle dos palabras -¿Tienes hambre?

Se acercó y me dijo: -Disculpe, ¿cómo?, Nuevamente pregunté. -¿Tienes hambre?, ¿has comido?

Yo sabía la respuesta, pero trágicamente necesitaba escucharla de su boca; dijo que no había comido nada en todo el día. Empecé a caminar y le pedí que me acompañase, íbamos a comer; me siguió y expresó su preferencia sobre el dinero antes que la comida, claramente le expliqué que aquello no iba a suceder, necesitaba alimentar su estómago, tal vez aquello lograría alimentar mi alma.

Fueron un poco más de quinientos metros de caminata y unos veinte minutos de conversación; tiempo suficiente para comprender que el mundo en el que vivimos no es más que un espejismo que nos mantiene aislados y adormecidos de las necesidades de nuestra propia gente.

Inmediatamente entablada nuestra circunstancial amistad le pregunté de dónde venía, Esmeraldas respondió. Seguí el interrogatorio, -¿Qué haces aquí? Fue el siguiente dardo. Su respuesta, resultado de una trágica desgracia, marcó el golpe letal de aquella mañana.

-“La tierra no para de temblar”, “no hay trabajo”, “nadie hace nada por nosotros”. Esas tres frases resumen el relato de su éxodo, pero también cuentan la situación en la cual se hallan inmersas las provincias de Esmeraldas y Manabí desde que un terremoto las devastó en abril de 2016.

Son más de ochocientos kilómetros los que separan a Loja de Esmeraldas, pero si contamos lo que eso pesa en el corazón le daríamos la vuelta al mundo. Perdió su casa, una parte de su familia, perdió su lugar, su herencia cultural, pero sobre todo… perdió el derecho a realizarse libremente como ser humano.

Este viaje no lo había realizado solo, su hermano quien lo acompañaba se encontraba en un semáforo distinto cumpliendo con la misma labor; entre los dos deben obtener un ingreso diario de quince dólares para poder pagar el hospedaje de su hotel pero no siempre lo consiguen. Ingenuamente le hice dos irónicas preguntas, ¿Por qué no buscan otro trabajo?, ¿por qué no arriendan un cuarto para ambos? Me sentía racional con aquella indagación; alguien que trabajaba con tanto ahínco seguramente conseguiría algún empleo, así mismo pensé que con esos cuatrocientos cincuenta dólares que podrían llegar a gastar en hotel accederían a un departamento de unos ciento cincuenta, distribuyendo la diferencia entre sus demás necesidades.

Su respuesta fueron dos preguntas: -“¿Quién me contrataría a mí? ¿Quién me arrendaría a mí?”

Llegado éste momento procedimos a despedirnos, en su manos llevaba mi promesa, alimento suficiente para dos bocas que lo necesitaban. Yo retomé mi rumbo, pero algo había cambiado.

Nuestra Constitución es letra muerta, garantiza todo menos lo que nos pasa. Así como ellos dos, existen miles de personas que perdieron todo, miles de personas en busca de una oportunidad. En Ecuador tenemos un gasto burocrático de altas cifras, dinero suficiente para informes presidenciales semanales y viajes con grandes comitivas al exterior, sin embargo, aún tenemos gente en la calle esperando un mejor porvenir.

Dos semanas después encontré a mi maestro, el sujeto que abrió mis ojos a la realidad. Mi acto de buena fe terminó siendo una reprimenda a mi ceguedad ante el mundo; el verdadero beneficiario de aquella comida fui yo; él lo único que necesita es confianza y trabajo. Y aquí estoy, pensando como devolverle la enseñanza que me regaló. Por cierto, no reconoció mi rostro.

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